Socorro, me perdí en un mall (O, ¿tiene parche curita?*

De vez en cuando y de cuando en vez, se tiene que hacer una compra apurada. Y a esa hora, en día feriado no hay dónde, y lo único que queda es caer en el embrujo grandilocuente de los malls, esos tremendos monstruos de supermercados repartidos por todas las comunas. Y es tan espectacular el despliegue de luces, estacionamientos, cines, cafeterías y demases, que uno queda medio turnio con tanto embeleco comercial, queda medio aturdido con tanta oferta cuando sólo se busca algo sencillo, algo tan simple  como un parche curita. <<¿Y de qué marca?>>, me dice la niña de informaciones, arreglándose los visos del pelo. <<De cualquiera>>, le digo, mirando la gran cantidad de personas que tienen estos aeropuertos del consumismo. <<De esa marca no hay>>, me contesta la niña, y yo le insisto y ella me entrega un plano de todas las secciones, indicándome varios puntos donde puedo encontrar mi parche curita.

Y así cruzo la puerta con detectores antirrobos, donde una patota de guardias de azul me mira con desconfianza, como perros de casa de ricos, y yo también les doy una mirada de desprecio a esa policía clasista que se dedican a perseguir gente morena con facha de pobre, sapeándote por los pasillos a ver si uno se chorea algo. Esos guardias de supermercado que a las viejas pitucas las reciben como reinas y las acompañan llevándole los paquetes hasta los autos. Pero no me detengo allí, total uno sabe que este país tiene la lepra del arribismo. Y me interno por las secciones de alfombras, muebles y electrodomésticos donde todos los equipos de música prendidos arman una batahola de radios y música tecno. Una bulla que no deja escuchar al vendedor mi pregunta sobre el parche curita. <<¿Qué cosa?>>, me dice el joven sacándose los audífonos. <<Parche curita>>, casi le grito en el oído. <<Sección farmacia, pasillo B>>, me aúlla volviendo a su éxtasis musical. <<Deberían entregar una brújula>>, le contesto mientras pasan a mi lado carros repletos de plantas plásticas, desodorantes ambientales, comida de perros, y cuánta mugre inútil que compra la glotona clase media y su drogadicción por las chucherías suntuarias, las mismas que se encuentran en la calle a precio de chaucha, pero aquí se pagan a precio de oro solamente porque se venden el empaquetado siútico del mall. Después me pierdo en los estantes de alcohol y licores, donde unas azafatas de pisco Capel ofrecen degustación en un dedal, y cuando uno pide otro, te contestan con aburrimiento que sólo si uno va a comprar la botella. De ahí, sigo el tour buscando mi parche curita, y de pronto me encuentro en una selva de zapallos, lechugas, tomates y brócolis, todos plastificados, regiamente envueltos en bandejitas y celofanes. Y a mi lado un niñito me pide que le alcance una manzana forrada de plástico, y pienso que estos niños que vienen al mall no saben que las frutas nace de los árboles, lo mismo que los huevos que los ven en cajas y piensan que no tienen relación con una gallina. Es decir, la tierra, el campo y la naturaleza existe en otro plano, fuera de la ciudad, lejos de los malls y su producción sintética. Lo mismo que los pescados tiesos de hielo, los peques creerán que viven así, como en la Antártida. Otra distorsión de la modernidad, pienso, mientras me sumerjo en las miles de marcas de cereales yanquis que las dueñas de casa llevan a sus niños. << Señor, ¿sabe dónde puedo encontrar parche curita?>>, me atrevo a preguntar a un hombre que repone mercaderías. <<¿Parche curita?>>, dice mirándome como si le preguntara por un ovni. <<Que yo sepa no hay, pero puede preguntar en la sección 7-X>>. <<Ya sé, no se preocupe>>, le digo cansado, mirando todo el abecedario y números que indican los pasillos. A estas alturas, el parche curita me da lo mismo, y la pequeña herida de mi mano ha cicatrizado de tanto preguntar. Luego agotado sólo busco el letrero que indica la salida, y por suerte después de seguir mil flechas, vuelvo a pasar por los detectores antirrobos con el susto que esas huevadas se equivoquen y comiencen a sonar las alarmas y me caiga encima la jauría de guardias. Pero no ocurre, y salgo a la calle con la sensación de haber recorrido Miami, Hollywood, Disneylandia, Manhattan y Tokio al mismo tiempo, y solamente en una hora.

Al salir me recibe la bullanga callejera y camino respirando hondo y libre de escapar de ese laberinto de ilusiones. Y en la cuneta, humildemente una mujer me sonríe, ofreciéndome con su gracia de contrabando callejero: <<¿No va a llevar un parche curita, señor?>>.

Lemebel, Pedro - Zanjón de la Aguada

* Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, 2003.

Veraneo en la capital – Pedro Lemebel

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Veraneo en la capital

Veraneo en la ciudad

VERANEO EN LA CAPITAL

(O la gota gorda del sudor capitalino)

 

 

Y si no se tienen las veinte lucas diarias que cobran los hoteles piojentos de las playas populares. Si ni siquiera se tiene un familiar en Peñaflor o Polpaico donde el choclón de gente zangoloteándose en el agua no deja ver el río. Si uno se debe quedar en esta ciudad que hierve a las cuatro de la tarde de calor pegajoso. Esta brasa de capital que por lo menos se despeja un poco en estos meses cuando una parte de sus habitantes sale de vacaciones. Y los otros, la otra mitad se tiene que conformar con el paseo dominguero al parque O’Higgins. El viejo parque Cousiño, que en estos meses, es el balneario urbano lleno de familias chapoteando en el barro de la laguna. Y qué importan los renacuajos que a la señora se le meten en el calzón. Qué importa la hediondez del agua podrida, si no hay otro lugar para refrescarse las patas negras de lodo y piñén. Si los parques de la ciudad nos pertenecen a todos, y el mejor uso que pueden tener, es cuando en verano los cabros chicos trasforman las fuentes de agua en piscinas populares. Y no sólo los niños las ocupan, porque los mayores, venciendo la timidez, haciéndose los lesos, también se remojan el poto en las elegantes piletas. Esos espejos de agua con esculturas clásicas y querubines piluchos, ahora cobran vida cuando el familión proleta veranea en el césped de la plaza. Esas esculturas tiesas alegran su inutilidad decorativa cuando los niños pobres se encaraman en sus brazos sin vida. Los hijos mocosos del Santiago estival se trepan en la finura barroca de las Venus aladas, y estas damas de mármol parece que volaran con el piño de chiquillos a cuesta. Pareciera que sus frías bocas sonríen con el cosquilleo revoltoso de los pirigüines niños, esa infancia torreja que expande su jolgorio en el frescor de los costados parques que verdean el árido Santiago, el calcinante Santiago, que por estos meses autoriza a la periferia barrial para que ocupe la alfombra verde de las plazas. Y aunque muchos miran con desprecio este playeo urbano que se toma la ciudad de guata al sol. Aunque alguna vieja pirula diga que cómo permiten a esa tribu pioja que convierte el relamido Forestal en una fonda cebolla. A pesar de estos remilgos, la bandada popular retoza sin vergüenza en el paseo público. Y es el calor el responsable de este desinhibido carnaval corporal que exhibe sus presas en la vitrina ciudadana. Igual es extraño el destape en esta sociedad pacata que oculta el cuerpo con su ropaje moral. Aun así, en alentador ser testigo de la alegre fiebre desparramada en el prado, de las celulitis y colgajos expuestos desfachatadamente al ojo paseante. Resulta hermoso observar esta toma de terreno donde el calor desnuda las cicatrices, los injertos, las cesáreas y todo el aporreado mapa corporal de una urbe acostumbrada al recato. Resulta oxigenante complicitarse con el chapuzón proleta en la Fuente Alemana, donde calzoncillos y trajes de baños desteñidos, alegran la rigidez del conjunto escultórico. Mientras tanto sigue el calor, y el sol es la brasa espumante que aletarga el veraneo sin mar del oleaje callampa y capitalino.

(Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2003.)