Raúl Zurita, discurso Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda

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Chile, mucho antes de ser un país fue un poema. Es el “Chile fértil provincia señalada/ en la región antártica famosa/ de remotas naciones respetada/ por fuerte, principal y poderosa”, de La Araucana de Alonso de Ercilla, ese soldado español que participó en la conquista y que después de declarar que no venía a cantarle al amor sino a la espada, vio en un territorio absolutamente desconocido, en el lugar más remoto del mundo, los bordes aún imaginarios de un país, uniendo para siempre nuestro destino con el destino de la poesía, de los grandes sueños y de sus encarnaciones concretas, pero también con las trazas de una violencia extrema anidada en el centro de nuestra historia.

Soy un poeta chileno, soy un hijo de esa violencia y de esa delicadeza.
Señora Presidenta de la República Michelle Bachelet
Señor Ministro de Cultura Ernesto Ottone
Señor Presidente de la Fundación Pablo Neruda
Autoridades, amigos queridos.
Agradezco este premio que lleva el nombre del más grande poeta de la historia de la lengua castellana, Pablo Neruda. Frente a su obra la sensación a menudo no es distinta a la que podemos experimentar mirando las cumbres de los Andes o la inmensidad del mar. Poemas como “Galope muerto”, “Walking Around” o “Alturas de Macchu Picchu” nos hacen pensar en esas dimensiones. En sus momentos más altos su poesía más que la creación de un autor, se parece a un destino en cuya inexorabilidad están expresados todas las muertes, esperanzas, tragedias, sueños y despertares de millones y millones de hombres y mujeres que han requerido de los poemas para completar sus existencias.
Pablo Neruda al escribir su Canto General no sabía que ese libro iba a ser la prueba de que los pueblos que a través de él lo escribieron y que allí se mencionan, debían atravesar todavía otra “muerte general” –las nuevas dictaduras y su interminable secuela de asesinados y desaparecidos- dándoles a todas esas víctimas, a los oprimidos y marginados de nuestra historia, la sanción póstuma de encontrar en la poesía la vida nueva que debía esperarlos y que no los esperaba.
Recibo entonces esta distinción con un sentimiento de gratitud pero también de dolor, de alegría y al mismo tiempo de tristeza, de orgullo y a la vez de vergüenza. La tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros; la tarea era hacer de la vida una obra maestra y los restos triturados de esa tarea cubren la tierra como si fueran los escombros de una batalla atrozmente perdida. La poesía es la más alta creación humana, su fundamento es la celebración de la vida, pero ha tenido demasiadas veces que relatar la desgracia. Nada de lo que creí en mi juventud que sería el mundo ha sido el mundo, nada de lo que imaginé que sería Chile después del terrible paso de la dictadura es lo que ha sido Chile. Lo único bueno que nos enseñaron esos años feroces: ese compañerismo, esa lealtad, que nos hizo a tantos atravesar la noche un poco más guarecidos, mostrándonos en las situaciones más difíciles que la solidaridad era posible, que el amor era posible, fue lo primero que se olvidó y vimos surgir así un país atomizado por el neoliberalismo, insolidario con los más débiles, en muchos aspectos déspota con los más desposeídos.
A la poesía le concierne íntimamente ese fracaso, el estado de una sociedad no puede medirse por lo bien que están los que están bien; felices los felices, dice Borges en la sentencia final de su “Fragmentos de un evangelio apócrifo,” sino por lo mal que están los que están mal, y los que están mal están muy mal. La poesía debe bajar con ellos, debe descender junto a lo más dañado, a lo más tumefacto y herido para emprender desde allí, desde esas fosas de lo humano como quería el pequeño Rimbaud, el arduo camino a una nueva alegría, a una nueva esperanza, a un nuevo sueño, pero no a un sueño cualquiera, no a una esperanza débil, no a una alegría cautelosa, sino para que desde el hambre, desde los asilos de ancianos pobres, desde cada niño y niña violadas, desde las cárceles, desde los Sename de este mundo, emerja un sueño tan fuerte que de vuelta la realidad y nos muestre de nuevo los infinitos resplandores de esta tierra que aún nos ama.
Y nos ama, e increíblemente nos ama, pues habría bastado que la cordillera de los Andes se hubiera desplazado unos pocos kilómetros más al oeste o que el nivel del Pacífico hubiese subido unos metros, para que nada de esto hubiese existido. Sin embargo, algo quiso que fuéramos, algo quiso que hubiese un pueblo más entre los otros pueblos, que hubiese un sueño más entre los otros sueños, que hubiese una voz más en la conversación general que todas las cosas mantienen con todas las cosas. Por razones que son misteriosas ese diálogo tomó en Chile la forma de la poesía.
La pregunta crucial que plantean los grandes poemas es: si los seres humanos son capaces de escribir el Cántico de todas las criaturas de San Francisco, de pintar los retablos de Fra Angélico o la mujer con flores de Diego Rivera, si pueden ejecutar con zampoñas la música más profunda y bella del planeta; la música boliviana, ¿cómo puede entenderse que al mismo tiempo asesinen a otros seres humanos? Si la sobrecogedora voz de Isabel Aldunate cantó frente al país destrozado “El ayuno”, si Violeta Parra, sabiendo que se iba a matar, compuso ese himno que se llama “Gracias a la vida”, ¿cómo, con qué palabras puede explicarse que otros hayan hecho de los estadios mataderos de hombres? Si el poeta Robert Desnos, uno de los fundadores del surrealismo, cruzó los campos de exterminio, ejecutando, en las condiciones más infernales que se puedan concebir, el acto absolutamente delicado de corregir un poema de amor, ¿cómo pueden comprenderse las gasificaciones masivas, los hornos crematorios, Auschwitz? Un estudiante adicto al surrealismo, que había entrado con los partisanos checos, Josef Stuma, reconoció a Desnos entre los moribundos y recogió el poema. No contenía ninguna referencia a los campos ni a las circunstancias en que fue escrito. Era solo un poema de amor, pero precisamente porque era solo eso; un poema de amor en medio del infierno, constituye la denuncia más feroz que alguien haya hecho del horror del genocidio. El poema se llama “A la misteriosa”, y pone frente a la monstruosidad de Treblinka la imagen de un sueño. Lo leo:

Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo y besar sobre esa boca el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto soñé contigo que mis brazos habituados a cruzarse sobre mi pecho abrazan tu sombra, quizá ya no podrían adaptarse al contorno de tu cuerpo.
Y frente a la existencia real de aquello que me obsesiona y me gobierna desde hace días y años seguramente me transformaré en sombra.
Oh balances sentimentales.
Tanto soñé contigo que seguramente ya no podré despertar. Duermo de pie, con mi cuerpo que se ofrece a todas las apariencias de la vida y del amor y tú, la única que cuenta ahora para mí, más difícil me resultará tocar tu frente y tus labios que los primeros labios y la primera frente que encuentre.
Tanto soñé contigo, tanto caminé, hablé, me tendí al lado de tu sombra y de tu fantasma que ya no me resta sino ser fantasma entre los fantasmas,
y cien veces más sombra que la sombra que siempre pasea alegremente por el cuadrante solar de tu vida.

Opongo entonces la infinita devoción de ese poema, su insobornable pureza, a todas las crueldades de la historia, porque si la poesía de Robert Desnos no existiera, si el arte no existiera, probablemente la violencia sería la norma. Pero existe, y el solo hecho de que alguien en medio del Holocausto, pudo escribir algo tan increíblemente bello como “Tanto soñé contigo que pierdes tu realidad”, hace que el crimen sea infinitamente más crimen y el asesino infinitamente más asesino.

Es lo que he tratado de mostrar en lo que he escrito. He imaginado en medio del terror de la dictadura sagas inacabables que se me borraban al amanecer, poemas alucinados donde el Pacífico flota suspendido sobre las cumbres de los Andes y donde el desierto de Atacama se eleva como un pájaro sobre el horizonte. Imaginar esos poemas fue mi forma de resistir, de no enloquecer, de no resignarme. Sentí que frente al dolor y al daño había que responder con un arte y una poesía que fuese más fuerte que el dolor y el daño que se nos estaba causando. No se trataba de lanzar andanadas de pequeños poemas de combate, sino de algo mucho más arrasado, más luminoso, más sordo y violento. Había que hablar de amor, pero para hablar de amor había que aprender a hablar de nuevo, comenzar desde cada letra, porque ninguno de los lenguajes que existían antes bastaban para dar cuenta de lo que había sucedido. Siento que los escombros de esos años están allí, en esos intentos, y que dictados por un deseo que nos sobrepasa, los poemas no son sino los sueños que sueña la tierra, los sueños con los que intenta lavarse del sufrimiento humano, y que uno no puede nada frente a eso sino apenas grabar unas pequeñas marcas, unos mínimos retazos que quizás sobrevivan al despertar.

Yo viví en Chile en los años de la dictadura y sobreviví a ella y a mi propia autodestrucción. El año 1975 después de un episodio humillante con unos soldados me acordé de la frase del evangelio de poner la otra mejilla y entonces fui y quemé la mía. No supe bien por qué lo hacía, pero allí comenzó algo. Recordé que de niño había visto un avión que volaba en círculos trazando con humo blanco el nombre de un jabón para lavar ropa e imaginé de golpe un poema escribiéndose en el cielo. Entendí entonces que aquello que se había iniciado en la máxima soledad y desesperación de un hombre que se quema la cara encerrado en un baño, debía concluir algún día con el vislumbre de la felicidad. Dos años más tarde pensé en una escritura sobre el desierto que solo pudiese ser vista desde lo alto. Solo diría “ni pena ni miedo”, y estaría surcando un país donde casi lo único que había era pena y miedo. Años más tarde vi la frase recortada sobre el desierto y, efectivamente, por su extensión solo se podía leer completa desde el cielo. Alguien reparó que el surco de las letras en la tierra se parecía al surco de la cicatriz en mi cara. Habían pasado dieciocho años y me sorprendió haber sobrevivido. Recibo esta distinción en nombre de nuestros ausentes.

Yo trabajo con mi vida y trato de que eso no sea una consigna. No porque mi vida tenga algo ejemplar, el diablo me libre de ser ejemplo de nada, sino porque creo que si podemos llegar al fondo de nosotros mismos, sin autocompasión ni falsa solidaridad, mirando nuestra zona de luz, nuestra sed de amor, pero también toda nuestra reserva de odio, violencia y de crimen, es posible que lleguemos al fondo de la humanidad entera. Creo que todo lo que puedo haber hecho está allí. He escrito desde un cuerpo que se dobla bajo los efectos del Parkinson, que se rigidiza, que tiembla, que se va para adelante y que cae y he encontrado hermosa mi enfermedad, he sentido que mis temblores son bellos, que mi dificultad para sostener estas hojas que ahora leo es bella. He escrito sobre ese cuerpo, sobre los dolores que les he causado a otros y los que yo mismo me he infligido, he grabado con fuego mis poemas sobre mi piel. Solo los enfermos, los débiles, los heridos, son capaces de crear obras maestras. Siento que he escrito desde una cierta irreparable desesperación y, a la vez, desde una incontenible alegría. Una alegría extraña porque es como si naciera de la dificultad de ser felices. Del encuentro de esos fantasmas nace mi escritura. La escritura es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir es preciso quemarse entero, consumirse hasta que no quede una brizna de músculo ni de huesos ni de carne. Es un sacrificio absoluto y al mismo tiempo es la suspensión de la muerte. Es algo concreto, cuando se escribe se suspende la vida y por ende se suspende también la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

Decía al comienzo que esta tierra aún nos ama, todavía quiere verse en nosotros, todavía el mar, el desierto, las montañas, quieren mirarse en nuestras miradas, todavía el sonido de las rompientes y del viento quiere reconocerse en nuestros oídos, todavía sus estrellas quieren reflejarse en nuestros ojos. En sus momentos más felices mi poesía ha tratado de expresar ese amor de la tierra, no siempre ha sido así. He escrito desde la herida y del daño en un mundo herido, enfermo, sin compasión. He escrito desde el dolor, pero nuestro deber es la felicidad. He escrito desde el odio, pero nuestro deber es el amor.

Termino con el poema con que quisiera cerrar mi vida:

Entonces, aplastando la mejilla quemada
contra los ásperos granos de este suelo pedregoso
-como un buen sudamericano-
alzaré por un minuto más mi cara hacia el cielo
llorando
porque yo que creí en la felicidad
habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables estrellas

Te amo Paulina, tú eres las estrellas irrefutables de mi noche.

Raúl Zurita

14 de julio de 2016


Comparto el discurso de Raúl Zurita, porque lo he leído varias veces y cada vez encuentro que algo nuevo. Creo que la palabra, así como la lectura, se recrean a cada instante.
Por último, comparto el video de la lectura realizada por Raúl Zurita.

Discurso extraído de: http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-318118.html

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Socorro, me perdí en un mall (O, ¿tiene parche curita?*

De vez en cuando y de cuando en vez, se tiene que hacer una compra apurada. Y a esa hora, en día feriado no hay dónde, y lo único que queda es caer en el embrujo grandilocuente de los malls, esos tremendos monstruos de supermercados repartidos por todas las comunas. Y es tan espectacular el despliegue de luces, estacionamientos, cines, cafeterías y demases, que uno queda medio turnio con tanto embeleco comercial, queda medio aturdido con tanta oferta cuando sólo se busca algo sencillo, algo tan simple  como un parche curita. <<¿Y de qué marca?>>, me dice la niña de informaciones, arreglándose los visos del pelo. <<De cualquiera>>, le digo, mirando la gran cantidad de personas que tienen estos aeropuertos del consumismo. <<De esa marca no hay>>, me contesta la niña, y yo le insisto y ella me entrega un plano de todas las secciones, indicándome varios puntos donde puedo encontrar mi parche curita.

Y así cruzo la puerta con detectores antirrobos, donde una patota de guardias de azul me mira con desconfianza, como perros de casa de ricos, y yo también les doy una mirada de desprecio a esa policía clasista que se dedican a perseguir gente morena con facha de pobre, sapeándote por los pasillos a ver si uno se chorea algo. Esos guardias de supermercado que a las viejas pitucas las reciben como reinas y las acompañan llevándole los paquetes hasta los autos. Pero no me detengo allí, total uno sabe que este país tiene la lepra del arribismo. Y me interno por las secciones de alfombras, muebles y electrodomésticos donde todos los equipos de música prendidos arman una batahola de radios y música tecno. Una bulla que no deja escuchar al vendedor mi pregunta sobre el parche curita. <<¿Qué cosa?>>, me dice el joven sacándose los audífonos. <<Parche curita>>, casi le grito en el oído. <<Sección farmacia, pasillo B>>, me aúlla volviendo a su éxtasis musical. <<Deberían entregar una brújula>>, le contesto mientras pasan a mi lado carros repletos de plantas plásticas, desodorantes ambientales, comida de perros, y cuánta mugre inútil que compra la glotona clase media y su drogadicción por las chucherías suntuarias, las mismas que se encuentran en la calle a precio de chaucha, pero aquí se pagan a precio de oro solamente porque se venden el empaquetado siútico del mall. Después me pierdo en los estantes de alcohol y licores, donde unas azafatas de pisco Capel ofrecen degustación en un dedal, y cuando uno pide otro, te contestan con aburrimiento que sólo si uno va a comprar la botella. De ahí, sigo el tour buscando mi parche curita, y de pronto me encuentro en una selva de zapallos, lechugas, tomates y brócolis, todos plastificados, regiamente envueltos en bandejitas y celofanes. Y a mi lado un niñito me pide que le alcance una manzana forrada de plástico, y pienso que estos niños que vienen al mall no saben que las frutas nace de los árboles, lo mismo que los huevos que los ven en cajas y piensan que no tienen relación con una gallina. Es decir, la tierra, el campo y la naturaleza existe en otro plano, fuera de la ciudad, lejos de los malls y su producción sintética. Lo mismo que los pescados tiesos de hielo, los peques creerán que viven así, como en la Antártida. Otra distorsión de la modernidad, pienso, mientras me sumerjo en las miles de marcas de cereales yanquis que las dueñas de casa llevan a sus niños. << Señor, ¿sabe dónde puedo encontrar parche curita?>>, me atrevo a preguntar a un hombre que repone mercaderías. <<¿Parche curita?>>, dice mirándome como si le preguntara por un ovni. <<Que yo sepa no hay, pero puede preguntar en la sección 7-X>>. <<Ya sé, no se preocupe>>, le digo cansado, mirando todo el abecedario y números que indican los pasillos. A estas alturas, el parche curita me da lo mismo, y la pequeña herida de mi mano ha cicatrizado de tanto preguntar. Luego agotado sólo busco el letrero que indica la salida, y por suerte después de seguir mil flechas, vuelvo a pasar por los detectores antirrobos con el susto que esas huevadas se equivoquen y comiencen a sonar las alarmas y me caiga encima la jauría de guardias. Pero no ocurre, y salgo a la calle con la sensación de haber recorrido Miami, Hollywood, Disneylandia, Manhattan y Tokio al mismo tiempo, y solamente en una hora.

Al salir me recibe la bullanga callejera y camino respirando hondo y libre de escapar de ese laberinto de ilusiones. Y en la cuneta, humildemente una mujer me sonríe, ofreciéndome con su gracia de contrabando callejero: <<¿No va a llevar un parche curita, señor?>>.

Lemebel, Pedro - Zanjón de la Aguada

* Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, 2003.