En este lugar hay pulgas

EN ESTE LUGAR HAY PULGAS / Invisibles pulgas / No sabes cuándo generan otra roncha / Y la rascas y pica / DUELE / Te dejas crecer las uñas / limpias a propósito las mantienes / Porque sabes que en uno u otro momento / tendrás una roncha más / Y rascas / RASCAS / Buscas un ritmo / Un sonido / Un perro faldero / RASCAS / Se vuelve enorme / AHORA / Tus uñas sucias / Sucias de piel / De tú piel / Enronchada / NO basta / Friegas fuerte / Luego suave / Sabes que no va a pasar / La tapas con los dedos / Sollozas / Te culpas / Te culpas de haber venido / No verlas cuando están / En tu brazo, en tu mano, en el pelo, los muslos, los tobillos, el trasero / Y te ríes / De lo huevona que eres / Cómo mierda una / UNA / Una sola jode el día / Hay PULGAS / En este lugar hay pulgas / No una / VARIAS PULGAS / y no una / VARIAS PULGAS / Ojo / Cada una tiene su lugar predilecto / Tobillos, pies, brazo, antebrazo, espalda, estómago / CHUPASANGRES INVERTEBRADOS / Mínimo dos por zona / Mínimo encontrar a una / A una / O dos / Y al rato / Otra roncha / En el brazo / No en el mismo brazo / En el OTRO / y luego / ¿luego? / las piernas, los muslos / los tobillos / RASCAS / Y te cansas de arañar / La piel marcada / Roja / Te acostumbras / No de ellas No / En todos lados están / Te acostumbra la picazón / La picazón de esa parte / Te acostumbras a que vengan / Propongan una pérdida / OCUPEN TU PIEL / Pulgas de mierda / Pasará / Acostumbrada / Vivirás / Te dejarán vivir / Eso sí / Inmune a la incomodidad / Perderás y no te darás cuenta / Perderás las uñas / Las garras / Dejarás de tocarte / Frotarte / Y abrazar ese punto / Blanco rojo / Luego / Ni eso habrá / Ni roncha / Firma / Huella / TODO SERÁ VELADO / Pulgas de mierda / En sus tierras / Ni sabrás / Cuando empezó la reacción primera //

EN ESTE LUGAR HAY PULGAS / INVISIBLES PULGAS

03.04

castillo-naipes

Cuando uno se expone. Cuando uno se deja mostrar, en su más débil punto, sabe que se expone. Sabe, que en la exposición del detalle, muestra todo aquello que el resto oculta. Esa pequeña porción, de músculo. De ligamento. En un instante, en un silbido, todo se derrumba. La casa de papel, la casa de naipes, todo lo que lo rodea percibe su fragilidad. Y la ventana, el paso cansino o la cola de gato, desploma los filamentos de unión. Toda la conspiración no puede ser concebida como un complot. Todos los factores no aplacan la inocencia de una cola de gato. Y las cartas, desplazadas de valores, en que los números y símbolos se despojan de sus individualidades, han sido las causantes de aquella construcción expuesta. Un conjunto de aire, que al más mínimo rose, rompe su destino. Silencioso, como el instante tras un temblor. Las cartas, convertidas en láminas, carecen del ruido de los platos. Su desenlace es el mismo factor de su construcción. Inocencia del papel. Inocencia de la cola de gato. Aquella cola, coqueta e inquieta, es inocente de lo que le rodea. Su vaivén es la estabilidad del cuerpo total. Esa cola es un gato. Esa torre de naipes son papeles plastificados.  ¿Pueden aprender a compartir el espacio? Claro, los dos pueden seguir en el mismo espacio, sabiendo que siempre ocurrirá. Que siempre el gato, para mantener su equilibrio, pase a llevar. Que siempre la casa de cartas, tendrá que volver a rearmarse. Llegue o no el memento. Aquel otro ser empecinado en unirlos, se canse. Y el cansancio transformará al papel en cartas de un naipe. Más no al gato.

Socorro, me perdí en un mall (O, ¿tiene parche curita?*

De vez en cuando y de cuando en vez, se tiene que hacer una compra apurada. Y a esa hora, en día feriado no hay dónde, y lo único que queda es caer en el embrujo grandilocuente de los malls, esos tremendos monstruos de supermercados repartidos por todas las comunas. Y es tan espectacular el despliegue de luces, estacionamientos, cines, cafeterías y demases, que uno queda medio turnio con tanto embeleco comercial, queda medio aturdido con tanta oferta cuando sólo se busca algo sencillo, algo tan simple  como un parche curita. <<¿Y de qué marca?>>, me dice la niña de informaciones, arreglándose los visos del pelo. <<De cualquiera>>, le digo, mirando la gran cantidad de personas que tienen estos aeropuertos del consumismo. <<De esa marca no hay>>, me contesta la niña, y yo le insisto y ella me entrega un plano de todas las secciones, indicándome varios puntos donde puedo encontrar mi parche curita.

Y así cruzo la puerta con detectores antirrobos, donde una patota de guardias de azul me mira con desconfianza, como perros de casa de ricos, y yo también les doy una mirada de desprecio a esa policía clasista que se dedican a perseguir gente morena con facha de pobre, sapeándote por los pasillos a ver si uno se chorea algo. Esos guardias de supermercado que a las viejas pitucas las reciben como reinas y las acompañan llevándole los paquetes hasta los autos. Pero no me detengo allí, total uno sabe que este país tiene la lepra del arribismo. Y me interno por las secciones de alfombras, muebles y electrodomésticos donde todos los equipos de música prendidos arman una batahola de radios y música tecno. Una bulla que no deja escuchar al vendedor mi pregunta sobre el parche curita. <<¿Qué cosa?>>, me dice el joven sacándose los audífonos. <<Parche curita>>, casi le grito en el oído. <<Sección farmacia, pasillo B>>, me aúlla volviendo a su éxtasis musical. <<Deberían entregar una brújula>>, le contesto mientras pasan a mi lado carros repletos de plantas plásticas, desodorantes ambientales, comida de perros, y cuánta mugre inútil que compra la glotona clase media y su drogadicción por las chucherías suntuarias, las mismas que se encuentran en la calle a precio de chaucha, pero aquí se pagan a precio de oro solamente porque se venden el empaquetado siútico del mall. Después me pierdo en los estantes de alcohol y licores, donde unas azafatas de pisco Capel ofrecen degustación en un dedal, y cuando uno pide otro, te contestan con aburrimiento que sólo si uno va a comprar la botella. De ahí, sigo el tour buscando mi parche curita, y de pronto me encuentro en una selva de zapallos, lechugas, tomates y brócolis, todos plastificados, regiamente envueltos en bandejitas y celofanes. Y a mi lado un niñito me pide que le alcance una manzana forrada de plástico, y pienso que estos niños que vienen al mall no saben que las frutas nace de los árboles, lo mismo que los huevos que los ven en cajas y piensan que no tienen relación con una gallina. Es decir, la tierra, el campo y la naturaleza existe en otro plano, fuera de la ciudad, lejos de los malls y su producción sintética. Lo mismo que los pescados tiesos de hielo, los peques creerán que viven así, como en la Antártida. Otra distorsión de la modernidad, pienso, mientras me sumerjo en las miles de marcas de cereales yanquis que las dueñas de casa llevan a sus niños. << Señor, ¿sabe dónde puedo encontrar parche curita?>>, me atrevo a preguntar a un hombre que repone mercaderías. <<¿Parche curita?>>, dice mirándome como si le preguntara por un ovni. <<Que yo sepa no hay, pero puede preguntar en la sección 7-X>>. <<Ya sé, no se preocupe>>, le digo cansado, mirando todo el abecedario y números que indican los pasillos. A estas alturas, el parche curita me da lo mismo, y la pequeña herida de mi mano ha cicatrizado de tanto preguntar. Luego agotado sólo busco el letrero que indica la salida, y por suerte después de seguir mil flechas, vuelvo a pasar por los detectores antirrobos con el susto que esas huevadas se equivoquen y comiencen a sonar las alarmas y me caiga encima la jauría de guardias. Pero no ocurre, y salgo a la calle con la sensación de haber recorrido Miami, Hollywood, Disneylandia, Manhattan y Tokio al mismo tiempo, y solamente en una hora.

Al salir me recibe la bullanga callejera y camino respirando hondo y libre de escapar de ese laberinto de ilusiones. Y en la cuneta, humildemente una mujer me sonríe, ofreciéndome con su gracia de contrabando callejero: <<¿No va a llevar un parche curita, señor?>>.

Lemebel, Pedro - Zanjón de la Aguada

* Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, 2003.

Los escritos de un indigente boliviano muerto de cirrosis. Memoria y ciudad en Víctor Hugo Viscarra

Morenada pa mi entierro sigan tocando
Hasta que los músicos caigan borrachos
Si alguien va llorar por esto, llore alegre
Las lágrimas bailando se mezclan con el sudor.

Morenada al corazón, Atajo.

“Borracho estaba, pero me acuerdo”

Viscarra, Victor Hugo - Borracho estaba, pero me acuerdo

Borracho estaba, pero me acuerdo. Editorial Correveidile, La Paz, 3º reimpresión 2006.

            La primera vez que escuché hablar sobre Víctor Hugo Viscarra fue en la ciudad de La Paz, en septiembre del 2008. Lo escuché de la voz de Poly, en ese entonces estudiante de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés, quien nos contaba sobre su trabajo en una radio local en donde transmitían cuentos de Viscarra como si fueran radioteatros. Ese fue el primer acercamiento. Luego Oscar, otro estudiante, me habló más de él, de la leyenda que se había formado con su figura, sobre lo novedoso de su escritura, que hablaba de cosas que nadie había hablado, que tenía un buen ritmo, que su muerte, que su vida, etc., etc., etc. El asunto es que terminé por comprar algunos libros y recibí otros de regalo. Resultado: me devolvía a Chile con las obras completas[1] de un autor desconocido en todo lugar externo a la ciudad de la Paz. Un tesoro del cual tuve tiempo de empezar a leer en las 40 horas de viaje que hay entre La Paz y Santiago de Chile. En aquel momento lo disfrutaba como lectura y conocer esa otra ciudad de La Paz y que no iba a conocer jamás. Ahora, y antes de abandonar mis memorias, recuerdo que estábamos tomando Singani[2] con Oscar, y entre copas y copas nos pusimos a hablar, afanosamente borrachos, sobre “el discurso latinoamericano”. No recuerdo muy bien en que estado terminó la discusión, pero si recuerdo que coincidíamos que teníamos que escucharnos entre nosotros, leernos, ya que esa era la única manera de, como anota Oscar en la dedicatoria del Coba, “enriquecer nuestro discurso latinoamericano”. Vaya este escrito en honor a todos los k’aj realizados en La Paz y en Arica con mis amigos Bolivianos.

Hagamos de cuenta que este es el prólogo[3].

      Viscarra, Víctor Hugo - Alcoholatum      Todos los libros de Víctor Hugo (no el francés sino el boliviano) tienen prólogos, menos su biografía. Situar al autor en su paso por el mundo, sólo se logra a través de lo dicho en su libro de memorias Borracho estaba, pero me acuerdo[4] o por medio de los datos escuchados sobre su vida. De esa forma, si nos vamos a los datos fechados, Víctor Hugo Viscarra nace en la ciudad de La Paz el dos de enero de 1958, a los 13 años abandona su hogar para irse a vivir a la calle, hábitat hasta el día de su muerte, alojándose en iglesias, refugios del ejército de salvación, pensiones para vagabundos y por sobre todo en las cantinas, borracho tomando sus chelas[5], lugar principal de sus historias y de su propia vida. Viscarra, como buena estrella de rock fiel a su estilo, muere a los 48 años. De vida acelerada y vertiginosa, el parte médico es lapidario: cirrosis fulminante. Al ver la edad de su muerte, las palabras presentes en las primeras páginas de sus memorias toman carácter mágico, donde dice que el nació viejo y que iba a ser niño en la vejez. Sin embargo, anotó en el 2002 que si llegaba a los 50 se suicidaba[6]. El trago lo ayudó y se lo llevó antes.

            Si es por hablar de familia, su verdadera familia es la ciudad de La Paz y sus calles, ya que el recuerdo que posee de sus familiares -madre, padrastro, padre y madrastra-, no son los mejores. De ese modo, la madre es recordada por sus castigos[7] y que tras abandonar la casa materna, se va a vivir con su padre y su madrastra, después de caer por primera vez a los doce años a la cárcel, gracias a su padrastro, José Camacho, quien lo acusó de haberle robado dinero.

            Sin embargo, antes de continuar con sus relatos, es bueno señalar el contexto de producción de los textos como también el contexto en el cual se sitúa Víctor Hugo, como sujeto que se revisita por medio de la escritura a partir de sus recuerdos. En este sentido, el contexto de producción de los libros es el que va desde la década de los 90’ hasta su muerte. Por tanto, el sujeto enunciativo sitúa sus relatos a partir del recuerdo de su propia vida “callejera”. Al ser sus relatos creados a partir de la memoria, el contexto a recordar va a ser en sí toda su vida, pero principalmente aquella que empieza a registrar las vivencias de la calle, la noche y el logro de su “libertad”, comenzando ésta a los doce años en 1970[8] y registrando su vida hasta 1985, fecha en queda trunca sus memorias, como señala en el epílogo de Borracho estaba.

            El contexto político no se presenta directamente en la obra, como sí ocurre en la narrativa boliviana de los 80’ y 90’[9], prefiriendo antes las historias acaecidas en las calles y los personajes con quienes compartió “como perrito abandonado” su condición de indigente. Aún así es bueno tener en cuenta el contexto, pues no se puede desmarcar de él en cuanto su memoria es la historia de la ciudad y por tanto un “álbum de fotos”, un coleccionista de postales urbanas.

            Una de esas imágenes recordadas es del 4 de noviembre de 1964, con sólo seis años:

            “De la fábrica Soligno bajaban camiones y camionetas llenas de trabajadores fabriles armados de fusiles y ametralladoras. Desde mi casa escuchábamos el tiroteo y el rugido de los aviones. Después vimos cómo los mismos vehículos retornaban cargando muertos y heridos, dejando huellas de sangre en las calles. En el corredor del segundo piso, el dueño de casa y sus amigos festejaban el triunfo del golpe de Estado bebiendo cerveza y tocando música” (p. 6-7)

            Esta imagen corresponde a un día antes de la toma del podeViscarra, Víctor Hugo - Avisos necrológicosr por medio de un golpe de estado hecho por los militares, encabezado por el vicepresidente de ese entonces, General René Barrientos. Dos años más tarde, por esas cosas tan latinoamericanas, Barrientos es elegido presidente por elección, con él se inicia el periodo de los gobiernos militares en Bolivia que será continuado, tras la muerte de Barrientos, en un extraño accidente en helicóptero en 1969, por varios gobiernos militares, hasta que en agosto de 1971 es derrocado el general Juan José Torres por un golpe de estado encabezado por el coronel Hugo Banzer. Resultado, se suprime el movimiento obrero y se suspenden los derechos civiles de la población. Viscarra, militante de las Juventudes Comunista desde 1968 y, tras el golpe, distribuía el material que sacaba la COB (cooperativa obrera boliviana) en la clandestinidad. Luego, con el golpe de estado del 17 de Julio de 1980 a manos de paramilitares agrupados por el nazi Klaus Barbie y el terrorista italiano Stefano Delle Chiaie, derrocan a Banzer y toma el poder el general Luis García Meza. Con él recrudece la represión, siendo tomado preso Viscarra el 21 de Julio de 1980. Viscarra es torturado y dejado en libertad, historia que cuenta en su relato Estómagos eran los de antes[10].

            Pero los relatos, modo de narrar elegido en toda su obra[11], en su mayoría no copan esta experiencia traumática[12], sino como ya se ha señalado, se presentan más bien las vivencias del mundo marginal dentro de la ciudad. Viscarra como un antropólogo por vivir en los “antros”, manifestación presente desde su primer libro Coba[13], diccionario del lenguaje secreto del hampa boliviano, resultado de las necesidades prácticas de un grupo social cerrado que vive en permanente peligro y en conflicto con el resto de la sociedad, desarrollando su propio lenguaje, reflejando un modo peculiar de vivir como es la vida de los delincuentes. Lenguaje presente en su obra, dado que él vive y se mueve en medio de este ambiente, marcando de esa manera la creación de relatos herméticos que para comprender se debe saber, o por lo menos tener el diccionario, al momento de la lectura.

Memorias que, sin ser mías, son de los demás. Viscarra, memoria y ciudad.

 

            Si bien la escritura de Viscarra no se suscita en el plano de una globalidad, como si ocurre en la gran mayoría de las obras publicadas en las últimas décadas en Latinoamérica[14], de igual forma se puede determinar en él una errancia presente tanto en su vida y en su escritura, o bien, de un deambular por la ciudad reconociéndolo como lugar propio y a la vez ajeno. En este sentido, la articulación del concepto errancia con el de escritura permite seguir en sus textos, diversos recorridos y traslados que, aunque se pueden Viscarra, Victor Hugo - Relatos de Víctor Hugoverificar en un mapa, parece más pertinente pensarlos como desplazamientos simbólicos que recuperan a su vez tradiciones tan prestigiosas como el del flaneur, pero enmarcada en un ambiente grotesco, residual, donde las penetraciones en el espacio no están regidas por los mismo ejes de la ciudad “sociable”, sino convirtiéndose en el flaneur del basural, del centro de operaciones de los “artilleros”[15], las cocinerías de las cholas, los hogares de indigentes, los moteles callejeros, etc., etc. En fin, la escritura de una ciudad basada en el caminar. Sin embargo, el “caminar” que desarrolla no es el caminar, sino que es el caminar por sus recuerdos, por su memoria, por su deseo de recuerdo de la ciudad. Este ejercicio se logra por medio de la interiorización de lo público –la ciudad- en lo privado –la memoria- para después exteriorizarlo a través de sus escritos. De ese modo, como un Borges pensando en su memoria como biblioteca[16], lo que contiene la memoria no es la ciudad misma, sino que es la interiorización de ella. Este espacio acumula todo lo que se ha vivido, abarcando no sólo un espacio temporal definido, pudiendo Viscarra ir a “buscar” un momento del año 1975 y plasmarlo en el 2000, teniendo de esa manera una ciudad propia que va llenando de arquitecturas, nombres de calles y locales, elaboradas y seleccionadas por él mismo. Aquel territorio atemporal que es la memoria, guarda gran parte de las experiencias, siendo esta “base de datos” tan rica y variada que permite a Viscarra romper las barreras del tiempo lineal para recorrer como buen flaneur la “ciudad” de su memoria, tomando lo que le parezca atractivo para luego convertirlo en palabra escrita, en libro, creando un nuevo elemento, una nueva ciudad.

De este modo, sus memorias se convierten en las memorias de la ciudad. Refunda lugares y les otorga un carácter (¿popular?[17]), dominado por los lugares de convivencia y de borracheras múltiples. Su voz cede y se transforma en espectador y relator de las vidas de la calle, incluyendo en ellas, a modo de complicidad, a los perros vagos repartidos por la ciudad[18].

            Al tener en cuenta la relación entre memoria, escritura, ciudad y marginalidad, podemos ver que en la productivización de una lectura de Viscarra, se pueden determinar ejes configuradores en su escritura, como zona mixturada de su experiencia de vida y su experiencia de ciudad, como lo desarrollado por Gilda Luongo en relación a las crónicas de Pedro Lemebel[19].

La ciudad de los marginados o “que bonita es mi ciudad”.

            Si tomamos el libro Borracho estaba, pero me acuerdo, sólo con él es suficiente para apreciar la construcción y determinación de un área urbana marginal dentro de la ciudad de La Paz. Podemos entonces armar una especie de mapa del deambular de un vagabundo en la ciudad, descifrando en este ejercicio lugares comunes correspondientes a la vida diaria de los sujetos. Lugares que se transforman en estaciones –o estados- dentro del transcurso de sus existencias, creando de esa manera una ruta diseñada en sus propias casas que es en sí la ciudad de La Paz, Bolivia. Para un lector extranjero, ajeno al mundo presentado, el texto se transforma en un tipo de guía turística del lumpen errante, casi invisible de la ciudad. Una marginalidad inserta en los ejes urbanos, produciendo su delimitación. El texto como una cartografía que repasa las cartografías culturales, como lo hace Bolaño de modo ficcional por medio del relato de Auxilio Lacouture en Amuleto[20]. Entonces, los lugares conocidos toman una “otra” dimensión. Así, calles como Av. Buenos Aires, el parque Rioshino, la plaza Antofagasta –cerca del terminal de buses-, la existencia de un “cinturón negro” en Villa Fátima, la calle Rodríguez, Villa Adela, entre otros sectores, se convierten en zonas en las cuales desarrollan sus vidas los más diversos y desconocidos personajes de la capital paceña.

            También ocurre con el reconocimiento y la voluntad de testimViscarra, Víctor Hugo - Chaqui Fulero1oniar los enclaves compartidos, como son las fogatas realizadas en los basurales[21], el Tambo del Mudo, los Patronatos de Menores, la gran zona de Chijini, los comedores populares y, sobre todo, las cantinas[22], las catedrales[23] y “los templos del amor”[24].

            Por otro lado, encontramos conectados a aquellos espacios una gran cantidad de “sin cuenta”[25] personajes, de los que se narran alguna historia, la mayoría “grotesca”, pero que en sí son parte de la ciudad enraizada en la memoria de Víctor Hugo. En este sentido, correspondiendo a este afán por recordar, encontramos a toda la gama de personajes presentes más que por sus nombres por sus apodos. Enumerar la cantidad de personajes presentes en Borracho estaba es una tarea que no tiene sentido anotar aquí, puesto que son tantos y tan variados. Este hecho, el que sean demasiados, nos demuestra la capacidad de crear una completa ciudad, con sus habitantes y sus construcciones. De los mencionados, no puedo dejar de no nombrar a Don Guido, personaje que tiene un relato sobre sus “sin cuenta” mil perversiones. Él, un viejo de “sesenticinco años”, que vivía en el sector de San Pedro, tras invitar a tomar a VH y a un amigo a su casa, se les acabaron los tragos y VH fue a comprar con dinero que le había pasado Don Guido. VH se va y no vuelve, unos días después se encontró con Don Guido en la plaza. El asunto es que Don Guido era un pervertido, que invitaba a jóvenes a su casa para después violárselos. Médico de profesión, cuando trabajaba de forense practicaba la necrofilia, además de ser sadomasoquista y conocido como el “Guido come caca”[26].

            No obstante, si bien a personajes como el Guido se les cuestiona su presencia dentro de la ciudad, es buen ejemplo en cuanto a cómo elabora las características de los personajes pertenecientes a lo marginal, ocupando para referirse a ellos una narración absolutamente grotesca, destacando barrocamente el carácter de marginalidad ocupado dentro de la sociedad. Esto mismo se aprecia en sus cuentos, en donde por ejemplo en Alcoholatum y otros Drinks podemos encontrar a una mujer que se siente más mujer al tener una doble penetración, la muerte de un hombre tras ver a su hija menor de edad teniendo sexo con uno de sus amigos, entre otras apreciaciones sobre prostitutas, delincuentes, vagabundos, niños violados, peleas de borrachos, cadáveres esparcidos por la ciudad, etc., etc.

Si volvemos al carácter “antropológico” del que habla Viscarra, en sus escritos se presenta el trabajo realizado en el Coba, tanto en la creación de un diccionario como en la determinación de las ocupaciones de los sujetos pertenecientes al Hampa boliviano[27]. Por tanto, en la creación de la ciudad mediatizada por su memoria, podemos apreciar el ejercicio de  plasmar y dejar testimonio de una ciudad mantenida bajo el velo de la “decencia” necesaria para la construcción de sociedades modernas, las que se han deseado instaurar, con mucha eficacia en algunos casos, a lo largo de la totalidad de nuestro continente.

            De este modo, la ciudad y los personajes de Viscarra son un bastión de resistencia a la normatividad ciudadana, los cuales, sin dejar de estar inmersos en ella, generan bloques de complicidad regidos por términos distintos a los ocupados por el resto de la sociedad. Conforma de ese modo por medio de la escritura, más que la reelaboración o el testimonio de un grupo, una apropiación. Apropiación que parte por el reconocimiento de si mismo y de sus cercanos, como pertenecientes a un gran grupo de sujetos presentes e imposibles de no notar en el recorrido por la ciudad. Instaura los relatos y sus historias como “obras literarias”, tomando este acto más relevancia cuando el sujeto enunciador proviene desde el “interior”, desde las profundidades y oscuridades de las calles paceñas, pues es un sujeto errante, vagabundo como perro callejero, quien toma la palabra y habla por sus pares, por sus amigos, por los apodos y vidas que se llevaron el frío de las madrugadas paceñas, esperando que abran la catedral de San Francisco, no para ir a rezar, sino que para pegarse una buena dormida en sus bancas, hasta que el curita diga que deben salir, que deben esconderse.

            Se aproxima la hora en que los turistas vienen a apreciar la “gran catedral” y no queremos que las fotos que saquen salgan malas porque a un grupo de borrachos se les ocurrió a esas horas del día donde la gente honesta trabaja, dormir mientras reciben los cálidos rayos de sol, en un nuevo dormir que trae el día, y en un próximo despertar que trae la noche.

 Viscarra, Víctor Hugo - Coba


Bibliografía 
Bolaño, Roberto. Amuleto. Anagrama, Barcelona, 1999.
Chandía, Marco, Cultura, lugar, memoria y sujeto populares en el barrio puerto de Valparaíso.
Luongo, Gilda. Memorias del extremo (sur). Lemebel rima con San Miguel. Ponencia presentada en el Congreso Ciudad e imaginarios en las Literaturas Latinoamericanas, organizado por la PUCV.
Manzoni, Celina. Errancia y escritura en la literatura latinoamericana contemporánea. Alcalá grupo editorial, Alcalá, 2009.
Orihuela, Juan. La ciudad periférica. Cuadernos de Literatura Nº 1, Universidad Mayor de San Andrés, 1997.
—————–. Entre Señales y presagios en Revista Chilena de Literatura Nº 49, Universidad de Chile, 1996.
Portugal, Luis. Marginalidad y escritura en la nueva narrativa boliviana. Cuadernos de Literatura Nº 10, Universidad Mayor de San Andrés, 1998.
Viscarra, Víctor Hugo. Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano. Editorial Correveidile, La Paz, 3º edición, 2004.
—————–. Borracho estaba, pero me acuerdo. Editorial Correveidile, La Paz, 3º reimpresión 2006.
————————–. Ch’aqui fulero. Editorial Correveidile, La Paz, 2007.
————————–. Relatos de Víctor Hugo. Editorial Tercera Piel, La Paz, 2005.
————————–. Alcoholatum y otros Drinks. Editorial Correveidile, La Paz, 2001.
————————–. Avisos necrológicos. Editorial Correveidile, La Paz, 2005.

 

[1] Las “obras completas” de Víctor Hugo Viscarra son: Coba, lenguaje secreto de hampa boliviano (1981), Relatos de Víctor Hugo (1996), Alcoholatum y otros Drinks (2001), Borracho estaba, pero me acuerdo (2002), Avisos necrológicos (2005), y Ch’aqui fulero (los cuadernos perdidos del Víctor Hugo Viscarra) (2007, libro póstumo). Las ediciones ocupadas en este trabajo se especificarán la vez que el libro sea ocupado y en la bibliografía.
[2] “Singani es una bebida alcohólica, de la familia del aguardiente de uvas, que se produce en Bolivia. Se elabora a partir de la destilación de vino de uva moscatel de Alejandría o Muscat de Alejandría, aunque también se utilizan otras variedades como uva negra, corriente y mollar. Es el licor nacional de Bolivia, originario de la zona de Tarija, Potosí y Chuquisaca, siendo el principal ingrediente en muchos cócteles tradicionales bolivianos, como el Chuflay, Poncho Negro y el Yungueñito”. Si desea saber sobre esta licor, vea: http://es.wikipedia.org/wiki/Singani
[3] Título del antiprólogo escrito por Viscarra en su libro póstumo Ch’aqui fulero. En él anota la inutilidad de ellos, en cuanto “la única opinión que tiene que importarle a un autor, es la que él tiene de su obra, y, por añadidura, la opinión de quienes lo leen, porque es para ellos para quienes se escribe. El resto (la opinión de quienes dicen ser intelectuales), debe tener la misma importancia que tiene nuestros gases estomacales expelidos por lugares anatómicos desagradables”. Viscarra, Víctor Hugo. Ch’aqui fulero. Editorial Correveidile, La Paz, 2007. p. 7-8.
[4] Viscarra, Víctor Hugo. Borracho estaba, pero me acuerdo. Editorial Correveidile, La Paz, 3º reimpresión 2006.
[5] En Bolivia también a la cerveza se le conoce como “chela”.
[6] “Lo más lógico ha de ser que yo sea un verdadero niño cuando me llegue a la vejez. Para ella, es cierto, uno tiene tiempo de sobra. Presumo que ha de ser a los cuarenta y nueve años, pues si llego a los cincuenta me suicido. Nacionalizo una pistola y me pego un tiro”. Op. cit. p. 3
[7] Sobre un castigo de la madre tras haber levantado un dinero guardado: “luego de amarrarme las manos y tumbarme en el piso, me echó alcohol de quemar y me prendió fuego”. p. 10.
[8] “Puedo decir que a los doce años me sumergí de cabeza en la noche. En sus oscuras entrañas aprendí muchas cosas, buenas y malas. La noche en La Paz es un laberinto que, al no tener principio, tampoco tiene fin, y uno puede perderse para siempre” Ibíd. p. 19
[9]Lo encontrado en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile sobre literatura boliviana de las últimas décadas fueron tres artículos, que vale la pena citar para tenerlos como referentes de las escrituras surgidas en las últimas décadas. Ver: Portugal, Luis. Marginalidad y escritura en la nueva narrativa boliviana. (Cuadernos de Literatura Nº 10, Universidad Mayor de San Andrés, 1998); Orihuela, Juan. La ciudad periférica. (Cuadernos de Literatura Nº 1, Universidad Mayor de San Andrés, 1997) y Entre Señales y presagios (Revista Chilena de Literatura Nº 49, Universidad de Chile, 1996.
[10] “Me hicieron entregar a la mala los seis volantes y el oficial, todo maldadoso, me ordenó que me los comiera uno por uno, caso contrario me ejecutarían. (…). Cuando a duras penas pude terminar ordenaron a un soldado que fuese a trae una botella de agua. El voluntarioso trajo un litro y me ordenaron que la bebiese sin respirar hasta la última gota. (…) Después me hicieron “colgar al chancho” y en esta posición recibí tal puntapié en a boca del estómago que me hizo revolcar en el suelo. Después nos flagelaron, nos desnudaron y baldearon. Hicieron simulacros de fusilamiento, nos plantonearon en el patio y al que se movía lo pateaban como a una chola. Nos huasquequearon y al final nos encerraron en la secretaría de la escuela donde nos mantuvieron de plantón, amenazándonos con rompernos el alma si intentábamos abrigarnos o sentarnos”. Ibíd. p. 163.
[11] Si bien transita entre el relato, la crónica, el cuento y la biografía, estos se mezclan gerenando la indeterminación y el no poder encerrarlos en sólo uno de estos tipos.
[12] Sobre este tipo de literatura en la narrativa boliviana, ver: Orihuela, Carlos. Entre Señales y presagios en Revista Chilena de Literatura Nº 49, Universidad de Chile, 1996. p. 95- 102.
[13] Viscarra, Víctor Hugo. Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano. Editorial Correveidile, La Paz, 3º edición, 2004.
[14] Al respecto, ver: Manzoni, Celina. Errancia y escritura en la literatura latinoamericana contemporánea. Alcalá grupo editorial, Alcalá, 2009.
[15] “Artillero: Alcohólico consuetudinario”. Op. cit. p. 25.
[16] No acostumbro a hacer esto, pero me cito a mi mismo: Soto, Marcelo. Borges, flaneur de la memoria. 2009.
[17] La pregunta surge teniendo en cuenta la tesis para optar al grado de magíster en estudios latinoamericanos  de Chandía, Marco, Cultura, lugar, memoria y sujeto populares en el barrio puerto de Valparaíso. Sin embargo, me veo limitado para poder apreciar la instauración de un sujeto popular en los textos de Viscarra, dado que desconozco en profundidad la vida de los sujetos en la ciudad de La Paz., trabajo que algún día realizaré.
[18] En estos relatos, destaco La triste historia de Tristón (homenaje a todos los perros vagabundos) en Relatos de Víctor Hugo (Editorial Tercera pie, La Paz, 2005) y Amigos perros en Borracho estaba, donde menciona a amigos perros que recuerda, entre ellos, el Nerón.
[19] Gilda desarrolla cinco figuraciones desde los cuales interpreta a partir de la lectura de quince crónicas seleccionadas de Pedro Lemebel. Los ejes son: (1) Pobreza/riqueza de infancia; (2) Memoria púber/adolescente en la diferencia sexual: la calle y la escuela; (3) Memoria del territorio poblacional: arquitectónica heterogénea de la pobreza; (4) Memoria territorial: antes y después del golpe; (5) Memoria de personajes territoriales: de la periferia al centro (o del centro de la periferia a la periferia del centro). Luongo, Gilda. Memorias del extremo (sur). Lemebel rima con San Miguel, ponencia -presentada en el Congreso Ciudad e imaginarios en las Literaturas Latinoamericanas, organizado por la PUCV- que se inscribe en el marco del proyecto “Memoria, política y género en escrituras del Cono Sur (1973-2007)”, coordinado por Alicia Salomone, y del cual Gilda ha sido co-investigadora.
[20] Bolaño, Roberto. Amuleto. Anagrama, Barcelona, 1999. Si bien el relato de Auxilio es el de una extranjera en Ciudad de México, tanto en ella como en Viscarra se encuentra un modo memorioso compartido.
[21] “Los principales basurales en La Paz son: El de la esquina Tumusla y pasaje Ortega; avenida Buenos Aires esquina Alcoreza; Buenos Aires a la altura de las viviendas obreras; mercado Strongest, en Temblaaderani; al frente del baño del mercado Rodríguez; esquina Graneros y Murillo; al frente del Cementerio y los que se improvisan cada madrugada en la plaza Pérez Velasco”. p. 28.
[22]Las cantinas o tragúenos son los lugares para tomarse unos traguitos que no tiene nada que ver con lugares decentes. En ellos ocurren batallas campales, robos, violaciones y romances apasionados. Los más destacados: “El oriental”, “La Colorina”, “La Casa Blanca”, “Las Cortinas”, “El callejón Tapia”, “El abismo”, “La K’umu”, “El Volcán”, “El 222”, “La Curva”, “El avión”, “Las linderas”, “Las Cadenas” y las cantinas callejeras atendidas por mujeres: la plaza Pérez Velasco, la Evaristo Vale, la plaza San Sebastián, la avenida América, la plaza Vicente Juaristi Eguino, la avenida Buenos Aires, la calle Tumusla, el cruce de Villa Copacabana y Villa San Antonio; la parada del colectivo Nº 2 en Tembladerani, la plaza Garita de Lima y el parquecito ubicado frente al Cementerio General. Op. cit. p. 64-71.
[23] Las catedrales son las cantinas con categoría. Ellas son: “El Averno” y  “Las Carpas”. p. 72-78.
[24] Son los prostíbulos, que en La Paz de Viscarra, gran parte están en Villa Fátima y Chuquiaguillo. Allí están el “Redondo”, el “111”, la “Chawaya”, el “Zepe-lín”, entre otros. P. 91-95.
[25] Así les llama Viscarra a los vagabundos.
[26] “A veces se le suele ver por las grandas del subterráneo de la avenida Mariscal Santa Cruz, a la expectativa de los muchachos que entran al baño. Cuando ve a uno que le gusta, lo llama para ofrecerle comprar sus heces, y si el chango acepta, le alcanza una bolsita de nylon para que se las guarde ahí. Al explicarme esta afición, dijo que de todos los alimentos que recibe el cuerpo humano, aprovecha solamente el 30% del valor nutritivo, mientras que el restante 70% lo bota en las heces fecales. Así que la caca es una especie de alimento concentrado”. Op. cit. p. 111.
[27] Sólo mencionaré las especialidades que determina: “rebusque”, “autero”, “campana”, “p’ajpaco”, “cogotero”, “sombrerero”, “descuidista”, “dulcero”, “escamotero”, “escapero”, “chanchero”, “tanguero”, “geniolero”, “lancero”, “lavador”, “volteador de muñecos”, “mastelero”, “maletero”, “monrrero”, “palomillo”, “paracadista”, “puntero”, “rastrillador”, “relojero”, “sablista”, “sequero”, “tok’ador de bobos”, “tipidor”, “tranque”, “vendedor de potencio”, “vidriero” y “visitante”. Op. cit. 121-132.

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27.

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La infancia es una caja infinita de recuerdos.

De niño, compartí pieza con mi hermana la Yeya. Las camas se ordenaron de distintas maneras, desde las dos mirando para la puerta hasta las dos en paralelo hacia la ventana. Eso ocurrió cuando sacaron el televisor –probablemente blanco y negro- de la pieza. En ese espacio, mi cama quedaba cercana a la puerta. Luego, en alguna instancia desconocida, decidí que la almohada iría a los pies, quedando mi vista al dormir hacia la ventana y en el techo se dibujaba los resabios de una luz prendida. Luego, cuando tuve un dormitorio, mi pieza quedaba cercana al living y desde ahí por muchos años la puerta quedaba entre abierta para que los perros tuvieran libre acceso a la pieza. Luego, cuando la acumulación de objetos adolescentes y la llegada del computador marcó un único lugar para la cama, mi pieza era un habitáculo que recibía la luz del tubo fluorecente de la cocina hasta quedarme dormido. Seguí creciendo y quien apagaba la luz de la cocina y corroboraba el cierre del portón y de la puerta de la casa, fui yo. En todo este transitar siempre hubo una presencia con la cual compartí el habitar nocturno: mi madre. Ella deambulaba en un amanecer de ideas nocturnas, como si fuese necesario para poder transitar el compartir del día, una constelación de horas silenciosas, en donde el cuerpo compartía el habitar en un conjunto de cuerpos descansando. En ese espacio transitaban juegos, imaginarios ensoñados, lecturas y sonidos nocturnos plagados de teclados y cucharas revolviendo la taza.

Ayer me acordé de ti, madre. Me acordé de la madre que acuesta a sus hijos, de la madre que duerme menos que los infantes. Esa madre que se quedaba en la cocina living despierta. El recuerdo es borroso, como el olor que podía emanar la cocina. Te recuerdo cocinando la “cola de mono” (bebida navideña en base a aguardiente y leche condensada) las noches antes de navidad. Siempre quedaban un par de botellas plásticas rellenas de “cola de mono para los niños”, la versión cero alcohol, dulce y aromatizada por el clavo de olor hervido. Probablemente aquí se inició una adicción al café perdurable hasta el día de hoy. Te recuerdo cociendo un traje para el acto cívico del colegio. Un traje de pájaro hecho a base de un material similar al de que están hechos los colchones. Hoy sé que aquello es llamado esponja. La luz del comedor cocina prendida y desde mi cama veo cómo entra rebotando los destellos de iluminación nocturna. Existe un libro llamado “Iluminaciones”, de un tal Rimbaud, comprado en el último año de escolaridad probablemente en la librería cercana a la Iglesia de San Franscisco, frente a calle Estado. Ahí también compré “Cartas al padre” de Franz Kafka; libros que deben estar en mi pieza.

Ayer me dijiste que hoy es el segundo día más importante de tu vida, siendo el primero el día en que la Yeya nació (7 de enero del 87). Esa frase me llevó a otras circunstancias de aniversario, en donde tú rememorando a mi abuela, la Mamatella, decías “mi madre siempre decía que no hay cumpleaños sin torta”. Y eso me movilizó. Me hizo pensar en que el estar actualmente en Buenos Aires, sin ustedes, sería muy probable que nadie comprase una torta en mi nombre. Y me acordé de ti, en la cocina y nosotros pequeños jugando con la masa de los calzones rotos o practicando las rosquillas que se guardaban en la caja de galletas enviada desde Punta Arenas por el Roly. La memoria elige cómo saltear las imágenes; elige el cómo contar lo que transcurre en el interior. Es probable que la noche previa a la celebración de un cumpleaños te hayas quedado sola, despierta, cocinando algo rico para ser devorado con un conjunto de minúsculos seres. Porque cocinar es un actor de compartir el amor, la dulzura, el tiempo y también la vida experimentada. Hay en la cocina un oído abierto a la escucha, unos ojos predispuestos –atentos- ante los detalles de las acciones que llevan a la creación de una obra destinada al placer. Todo esto recordé y evoqué y dije ¿por qué no? Y decidí hacer mi propia dulzura con lo que tenía a mano. Un destello de sabores que aún no pruebo, un castillo para mantener las luces de velas destellantes. Decidí realizar mi propia torta de cumpleaños: una tarta de ricota. Un pastel de ricota, un tesoro de otras tierras –las de acá, las de inmigrantes que portan su pasado mediante sus comidas, sus recetas-. Una tarta de Ricota que es una caricia a la memoria. Al amor recibido y entregado. Un modo de decir estamos vivos para compartirnos. El gesto de pensar en otras bocas, otros paladares.

A lo largo de este año aprendí a confiar en mis manos. Que mis manos no sólo sirven para escribir y teclear; o cortar el aire para explicar. Mis manos son útiles, pendientes de los oficios y los quehaceres, dátiles en su entrega. Que la distancia familiar hace que aparezcan los gestos de los amados en el propio cuerpo. Como cuando descubrí que comía las naranjas al igual que el Papalucho, de tí llevo ese noctámbulo necesario para poder entregarse. Porque el exilio cotidiano es necesario, así como las evocaciones de los seres amados.

Hoy, hice por vez primera un “postre”. Aún nadie la prueba y puedo asegurar que nadie la encontrará mala, ya que en ella está disponible el amor de los recuerdos que me dejan sostener el día a día, que me trasladan entre océanos y que hace de mi habla una mezcla sudaca. Expongo la diabetes de mi padre en el exceso de una vida gozada, permito la presencia de un colon irritable. Hoy mis manos han cocinado, ya no sólo palabras ni comidas; han cocinado amores que hacen de éste día una celebración: el día en que permití dibujar una sonrisa en ti, Marcela; en ti Basilio.

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La abuela de Lady

Coincidimos al desayuno, entre el lavadero y la cocina, un día antes de las elecciones presidenciales. Cuatro de junio por la mañana.
Su pelo blanco y largo, al igual que su vestimenta, dejaban notar que hace muchos años el día comienza antes del amanecer.
En la mesa de la cocina se sentaba siempre cercana al mueble, de costado al fuego. En la mesa del comedor, prefería siempre la silla que le permitiera mirar por la ventana a través del visillo. Lady, la chola,  me contó la alegría de su abuela al recibir gente. Así deja las telenovelas, decía, mostrando su blanca dentadura en contraste con su piel canela. Gracias a la abuela, pude quedarme unos días en aquella casa.

Le pregunté a la abuela -llega un momento en la vida en donde el nombre deja paso a la impronta, a lo visible del cuerpo- si mañana iba a ir a votar. Sonríe. Lady repitió la pregunta y tras un suspiro con aire de confesión, sosteniendo el hilo de su voz, dice para qué, yo ya estoy muy vieja.
– Pero, abuela, su voto vale igual que el de su nieta.
Su mirada se va en el rayo de sol colado por el visillo y reflejado en la pared.
– Estoy muy vieja… y me canso.
– Pero, abuela, nosotros la llevamos y traemos, no hay problema.
– Es mucha molestia, un voto no cambia nada.
– ¿Acaso quiere que salga presidenta la hija de Fujimori?
– No.
– ¿Y para eso que hay que hacer?
– Votar por Ollanta.
El rostro de la abuela dejó el rayo de luz, miró nuestras tazas de café,
– Coman, se les enfría.
Terminado el desayuno nos despedimos y salimos a tomar mototaxi, medio de transporte al interior de Lambayeque.

Volvimos más temprano que de costumbre. Anochecía. La abuela terminaba de cenar y pronto se internaría en su habitación.
– Abuela, ¿lo pensó?
– ¿Qué cosa?
– Si quiere ir a votar o no.
Lady y yo a esas alturas, recurrimos a todo tipo de argumentos del porqué era válido y necesario salir de casa en dirección a las urnas. Le conté de mi abuelo que votó con más de noventa años, hablamos de ciudadanía, fiesta republicana, ser partícipe de algo colectivo, superar los discursos del yo no puedo, remover la vergüenza impuesta; mayor escollo y el más difícil de manejar: el ojo de aquellos que observan con repudio los lentos movimientos de la vejez.
– Depende de lo que pase esta noche, mañana vemos.

Las noticias comunicaban el tenso ambiente entre Keiko y Ollanta, más si el fuerte del voto naranjo siempre ha sido en el norte. Para las tres mujeres de la casa -nieta, tía y abuela- el recuerdo de Sendero Luminoso era latente. “Hoy van a cortar la luz y explosiones”, decía Lady. Así fue. Quería salir a mirar la noche a la azotea.
– Mejor otro día, gane quien gane igual la cortarán toda la semana.-Lady reía con la risa de las desgracias.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Me despertó un zamarreo y no sé si escuché la voz de Lady antes o después de despertar.
– Chelo, Chelo, lavántate, pues. No sabes: ¡mi abuela quiere ir a votar!
Lady brillaba desde el interior de sus iris. Su felicidad le daba una soltura al caminar y a la vez imprimía velocidad a los giros debido a la excitación del pedido.
Al bajar, la cocina era un desierto. La abuela, sentada frente a la puerta de entrada, esperaba. Su pelo era trenzado y caía brillante por su espalda, combinado a la perfección con el blanco crema de su chalina. Vestía de domingo, vestía de fiesta.
– Lady fue a buscar un mototaxi… el presidente ya votó.
La niebla aún no abandonaba la mañana, ni el sol asumía su lugar de mediodía. Todos dejábamos ver una felicidad sin palabras. Muchos años habían pasado desde la última vez que sufragó. La tía se quedó en casa, ella también iría a votar, pero a la vuelta.

Subimos al mototaxi, yo en la parte trasera. La cara de la abuela era otra, observaba al barrio con minuciosidad, disfrutando el frescor de la mañana. Entre lodo, tierra y asfalto, llegamos al colegio. La abuela caminó del brazo de Lady; alguien se acercó a ofrecer una silla de ruedas, pero la abuela se negó. Caminaron juntas. A cada paso la abuela se hacía más grande, convocaba miradas desde diverso ángulos.

Buscando la sala para votar

Buscando la sala para votar

Entraron a la sala, desaparecieron. Todo perdió sonido, porque desde mi lugar podía ver los minúsculos pasos de suelas arrastradas y dignas, que seguían siempre la dirección de la cadera y del hombro.

El acto de dignidad

El acto de dignidad

Salieron del aula y la abuela sonreía con su dedo pintado, con el atractivo de un niño luego de bajar por primera vez de una montaña rusa. La tensión del silencio guardado durante el viaje de ida se despejó como el cielo costero tras la bruma matinal.

– Hoy almorzamos arroz con pollo y ensalada. Hay que hacer el postre. ¿Se van a quedar a almorzar, verdad? Ésta calle sigue igual que siempre -decía la abuela.
– ¿Y por quién votó, abuela?
– El voto es secreto… ojalá gane, pero no creo…

Alegría de la salida

Alegría de la salida

Cinco de junio. Lambayeque, Perú, 2011.

(Buen viaje, abuela de Lady. Nos volveremos a ver)

Veraneo en la capital – Pedro Lemebel

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Veraneo en la capital

Veraneo en la ciudad

VERANEO EN LA CAPITAL

(O la gota gorda del sudor capitalino)

 

 

Y si no se tienen las veinte lucas diarias que cobran los hoteles piojentos de las playas populares. Si ni siquiera se tiene un familiar en Peñaflor o Polpaico donde el choclón de gente zangoloteándose en el agua no deja ver el río. Si uno se debe quedar en esta ciudad que hierve a las cuatro de la tarde de calor pegajoso. Esta brasa de capital que por lo menos se despeja un poco en estos meses cuando una parte de sus habitantes sale de vacaciones. Y los otros, la otra mitad se tiene que conformar con el paseo dominguero al parque O’Higgins. El viejo parque Cousiño, que en estos meses, es el balneario urbano lleno de familias chapoteando en el barro de la laguna. Y qué importan los renacuajos que a la señora se le meten en el calzón. Qué importa la hediondez del agua podrida, si no hay otro lugar para refrescarse las patas negras de lodo y piñén. Si los parques de la ciudad nos pertenecen a todos, y el mejor uso que pueden tener, es cuando en verano los cabros chicos trasforman las fuentes de agua en piscinas populares. Y no sólo los niños las ocupan, porque los mayores, venciendo la timidez, haciéndose los lesos, también se remojan el poto en las elegantes piletas. Esos espejos de agua con esculturas clásicas y querubines piluchos, ahora cobran vida cuando el familión proleta veranea en el césped de la plaza. Esas esculturas tiesas alegran su inutilidad decorativa cuando los niños pobres se encaraman en sus brazos sin vida. Los hijos mocosos del Santiago estival se trepan en la finura barroca de las Venus aladas, y estas damas de mármol parece que volaran con el piño de chiquillos a cuesta. Pareciera que sus frías bocas sonríen con el cosquilleo revoltoso de los pirigüines niños, esa infancia torreja que expande su jolgorio en el frescor de los costados parques que verdean el árido Santiago, el calcinante Santiago, que por estos meses autoriza a la periferia barrial para que ocupe la alfombra verde de las plazas. Y aunque muchos miran con desprecio este playeo urbano que se toma la ciudad de guata al sol. Aunque alguna vieja pirula diga que cómo permiten a esa tribu pioja que convierte el relamido Forestal en una fonda cebolla. A pesar de estos remilgos, la bandada popular retoza sin vergüenza en el paseo público. Y es el calor el responsable de este desinhibido carnaval corporal que exhibe sus presas en la vitrina ciudadana. Igual es extraño el destape en esta sociedad pacata que oculta el cuerpo con su ropaje moral. Aun así, en alentador ser testigo de la alegre fiebre desparramada en el prado, de las celulitis y colgajos expuestos desfachatadamente al ojo paseante. Resulta hermoso observar esta toma de terreno donde el calor desnuda las cicatrices, los injertos, las cesáreas y todo el aporreado mapa corporal de una urbe acostumbrada al recato. Resulta oxigenante complicitarse con el chapuzón proleta en la Fuente Alemana, donde calzoncillos y trajes de baños desteñidos, alegran la rigidez del conjunto escultórico. Mientras tanto sigue el calor, y el sol es la brasa espumante que aletarga el veraneo sin mar del oleaje callampa y capitalino.

(Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2003.)