“Kotidiana”

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Hoy, a las 22:30 horas,  presentamos “Kotidiana”, obra del Grupo Teatro Sanitario de Operaciones, actuada por el grupo dos del Seminario TSO 2015.

El año pasado, cuando asistí a “CABA” en compañía de Simona, salí con una alegría distinta, una especie de encontrar un modo de hacer  y realizar un espectáculo que invitaba a la vivencia corporal, en donde la calidad de espectador se dejaba evaporar, permeabilizaba el lugar de los nombres, y producía una incomodidad ante un significado corrido; la seguridad del testigo.

De aquella experiencia ha pasado poco más de un año, y hoy, tras cursar el seminario del TSO, me toca a mí estar al otro lado del río.

Nunca hice teatro. Nunca actué ni estuve exponiéndome ante un público que no fuese una sala de clases, una conferencia o algo en donde el refugio lo otorga el discurso.

Mi puntapié ha sido la Literatura y la escritura, más no la comunicación por medio del cuerpo. Esto también es rebatible, como lo es el repasar los pasos dados. Pero nunca hice teatro, nunca me entrené teatralmente. Pero aquí aparecen las lecturas, los hechos que fueron construyendo un camino de apuestas hacia una transformación lenta y buscada.

El 2011, en una combi de Viacha a El Alto, en La Paz Bolivia, sentado entre mujeres de polleras y sombrero, leía una fotocopia de un libro de Eugenio Barba, no recuerdo cuál era, pero que gracias a Jerry Galarreta, conseguí. En ese libro había un texto en el que Eugenio habla sobre sus primeros encuentros con Jerzy Grotowski, y en particular por una pregunta que venía de cajón a Barba, el estudiante de Literatura que viajaba hasta un poblado de Polonia para conocer a Jerzy: “¿Cuándo fue la primera vez apareció el teatro en tu vida?”. A esta pregunta el joven Barba contesta con los primeros espectáculos de la adolescencia, el paso de grupos nómades que aparecían en las plazas de su juventud. Grotowski lo escuchó, lo dejó hablar y luego de mucho contar sobre espectáculos vistos, compañías y trabajos de actores que lo han fascinado, le lanza un hilo de pescar con una carnada mortal: “Recuerda siempre el inicio de las cosas y encontrarás siempre un nuevo lugar desde el cual comenzar”.

Cuando leí esa frase, levanté la mirada de la fotocopia y me pregunté por el cómo había llegado allí, a estar en una combi a cuatro mil metros de altura leyendo a Barba y entrevistando a quienes hacían teatro en Bolivia. Miré por la ventana y entre el amarillo de la tierra y el celeste cielo con nubes que parecen posibles de tocar, me dejé llevar por la memoria. ¿Cuándo fue la primera vez que apareció el Teatro en mi vida?

Siempre que vuelvo a esa pregunta descubro un nuevo inicio. Josefina Báez, en Lima, durante el Cuarto Festival de Teatro Internacional UCSur, me invita a participar del taller que impartía un domingo por la mañana, a eso de las ocho am. luego de la fiesta de cierre. Lo primero que pienso es no voy a llegar, me quedaré dormido. Le respondo eso, además de decir que yo no hago teatro. Con la caricia dominicana de sus movimientos y hablar, me mira y dice algo parecido a ¿¡Quién te dijo eso!? Y tenía razón, nadie me había dicho eso; no podía contestar con ningún fundamento más que decir que yo mismo me había prohibido creer que podía.

Esa mañana me levanté temprano, participé del entrenamiento y sentí una potencia que no había vivido. Un sentir corporal distinto al goce de escribir y la lectura. Era un goce similar al de los partidos de futbol durante los recreos en el colegio. Ese encuentro y empuje de Josefina Báez, es uno de los “primeros inicios” que luego dio paso a la realización de El Quijote no existe, de Jorge Díaz. Eso fue el 2009, han pasado seis años y cada vez descubro nuevos inicios en este camino.

Hoy descubro un nuevo inicio, que se suman a todas las veces que he descubierto nuevos inicios. Vienen a mí los recuerdos de los espectáculos de circo que gracias a mi tío Jaime podíamos asistir. Recuerdo los bailes de año nuevo de la infancia. Recuerdo el sonido de la licuadora en la cocina de mi madre. Recuerdo muchos inicios. Todos ellos estarán hoy, repartidos en la oscuridad silenciosa de la fábrica.

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