La abuela de Lady

Coincidimos al desayuno, entre el lavadero y la cocina, un día antes de las elecciones presidenciales. Cuatro de junio por la mañana.
Su pelo blanco y largo, al igual que su vestimenta, dejaban notar que hace muchos años el día comienza antes del amanecer.
En la mesa de la cocina se sentaba siempre cercana al mueble, de costado al fuego. En la mesa del comedor, prefería siempre la silla que le permitiera mirar por la ventana a través del visillo. Lady, la chola,  me contó la alegría de su abuela al recibir gente. Así deja las telenovelas, decía, mostrando su blanca dentadura en contraste con su piel canela. Gracias a la abuela, pude quedarme unos días en aquella casa.

Le pregunté a la abuela -llega un momento en la vida en donde el nombre deja paso a la impronta, a lo visible del cuerpo- si mañana iba a ir a votar. Sonríe. Lady repitió la pregunta y tras un suspiro con aire de confesión, sosteniendo el hilo de su voz, dice para qué, yo ya estoy muy vieja.
– Pero, abuela, su voto vale igual que el de su nieta.
Su mirada se va en el rayo de sol colado por el visillo y reflejado en la pared.
– Estoy muy vieja… y me canso.
– Pero, abuela, nosotros la llevamos y traemos, no hay problema.
– Es mucha molestia, un voto no cambia nada.
– ¿Acaso quiere que salga presidenta la hija de Fujimori?
– No.
– ¿Y para eso que hay que hacer?
– Votar por Ollanta.
El rostro de la abuela dejó el rayo de luz, miró nuestras tazas de café,
– Coman, se les enfría.
Terminado el desayuno nos despedimos y salimos a tomar mototaxi, medio de transporte al interior de Lambayeque.

Volvimos más temprano que de costumbre. Anochecía. La abuela terminaba de cenar y pronto se internaría en su habitación.
– Abuela, ¿lo pensó?
– ¿Qué cosa?
– Si quiere ir a votar o no.
Lady y yo a esas alturas, recurrimos a todo tipo de argumentos del porqué era válido y necesario salir de casa en dirección a las urnas. Le conté de mi abuelo que votó con más de noventa años, hablamos de ciudadanía, fiesta republicana, ser partícipe de algo colectivo, superar los discursos del yo no puedo, remover la vergüenza impuesta; mayor escollo y el más difícil de manejar: el ojo de aquellos que observan con repudio los lentos movimientos de la vejez.
– Depende de lo que pase esta noche, mañana vemos.

Las noticias comunicaban el tenso ambiente entre Keiko y Ollanta, más si el fuerte del voto naranjo siempre ha sido en el norte. Para las tres mujeres de la casa -nieta, tía y abuela- el recuerdo de Sendero Luminoso era latente. “Hoy van a cortar la luz y explosiones”, decía Lady. Así fue. Quería salir a mirar la noche a la azotea.
– Mejor otro día, gane quien gane igual la cortarán toda la semana.-Lady reía con la risa de las desgracias.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Me despertó un zamarreo y no sé si escuché la voz de Lady antes o después de despertar.
– Chelo, Chelo, lavántate, pues. No sabes: ¡mi abuela quiere ir a votar!
Lady brillaba desde el interior de sus iris. Su felicidad le daba una soltura al caminar y a la vez imprimía velocidad a los giros debido a la excitación del pedido.
Al bajar, la cocina era un desierto. La abuela, sentada frente a la puerta de entrada, esperaba. Su pelo era trenzado y caía brillante por su espalda, combinado a la perfección con el blanco crema de su chalina. Vestía de domingo, vestía de fiesta.
– Lady fue a buscar un mototaxi… el presidente ya votó.
La niebla aún no abandonaba la mañana, ni el sol asumía su lugar de mediodía. Todos dejábamos ver una felicidad sin palabras. Muchos años habían pasado desde la última vez que sufragó. La tía se quedó en casa, ella también iría a votar, pero a la vuelta.

Subimos al mototaxi, yo en la parte trasera. La cara de la abuela era otra, observaba al barrio con minuciosidad, disfrutando el frescor de la mañana. Entre lodo, tierra y asfalto, llegamos al colegio. La abuela caminó del brazo de Lady; alguien se acercó a ofrecer una silla de ruedas, pero la abuela se negó. Caminaron juntas. A cada paso la abuela se hacía más grande, convocaba miradas desde diverso ángulos.

Buscando la sala para votar

Buscando la sala para votar

Entraron a la sala, desaparecieron. Todo perdió sonido, porque desde mi lugar podía ver los minúsculos pasos de suelas arrastradas y dignas, que seguían siempre la dirección de la cadera y del hombro.

El acto de dignidad

El acto de dignidad

Salieron del aula y la abuela sonreía con su dedo pintado, con el atractivo de un niño luego de bajar por primera vez de una montaña rusa. La tensión del silencio guardado durante el viaje de ida se despejó como el cielo costero tras la bruma matinal.

– Hoy almorzamos arroz con pollo y ensalada. Hay que hacer el postre. ¿Se van a quedar a almorzar, verdad? Ésta calle sigue igual que siempre -decía la abuela.
– ¿Y por quién votó, abuela?
– El voto es secreto… ojalá gane, pero no creo…

Alegría de la salida

Alegría de la salida

Cinco de junio. Lambayeque, Perú, 2011.

(Buen viaje, abuela de Lady. Nos volveremos a ver)

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