TOP 15: INSULTOS ENTRE ESCRITORES

“No tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso”

top15insultos_elephantA la Woolf no le gustó la obra maestra de James Joyce, Ulises; a Mark Twain le disgustaba profundamente lo que escribía Jane Austen, Valle Inclán se dormía al intentar leer a Gorostiza.  Los escritores, como cualquier persona, también se malmiran frecuentemente unos a otros. En gustos se rompen géneros, y el chisme es también un  género menor de la literatura. Te presentamos 15 de los mejores y más lapidarios insultos literarios que hemos encontrado.

Mark Twain sobre Jane Austen

Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia.

J.M. Coetzee sobre Sándor Márai

Su concepción de la forma novelesca era anticuada, su concepción del potencial de la novela era limitada, y sus logros en ese medio fueron, en consecuencia, escasos.

David Huerta sobre Bukowski (y sobre su séquito de fans)

Para entrar en materia, haré una pregunta…

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Irrupciones – 22 – Mario Levrero

Portada libro

Portada libro

Pensar las cosas por uno mismo es una pérdida de tiempo y, más grave aún, una fuente de error. La propia experiencia, llena de subjetividad, pocas veces es un buen punto de partida; y las propias reflexiones sobre ese punto de partida casi siempre están teñidas por los errores cometidos al examinar otras experiencias en el pasado. Es así que se forman muchos prejuicios y se realimenta la cadena de errores, hasta que uno llega a estar equivocado en la mayor parte de las cosas. Por eso conviene prestar atención a la cultura, es decir, a la experiencia colectiva, y tener la flexibilidad suficiente como para comparar esos datos con la propia experiencia y los propios prejuicios, y permitir que el pensamiento fruto de la propia experiencia se modifique hasta donde sea posible, y deseable, en base a la experiencia colectiva.

En el otro extremo del espectro están aquellos que no saben pensar por sí mismos y que no reflexionan a partir de los datos de la percepción propia y de la experiencia propia. Son los que no pierden tiempo. Son los más eficaces y los más exitosos. Siempre consiguen lo que quieren y lo hacen de la forma más rápida y económica posible. Son los que todo lo aprendieron y los que, desde cierto punto de vista, apenas, o nada, vivieron. Forman legión; y así va el mundo.

No importa cuál sea la circunstancia, ni de cual hecho se trate: simplemente me ve a mí y se coloca imaginariamente en un ring de box, así comienza una discusión que puede llevar bastante tiempo   exactamente hasta que yo me dé cuenta de cuál es el juego  . Es su forma de comunicarse, por oposición, avanzando penosamente, a los empujones. Cuando me doy cuenta, me alejo, pensando que me ha hecho perder el tiempo.

Por algún motivo, la experiencia no me ayuda, y en algún momento vuelve a crearse la misma situación, y yo vuelvo a tratar de ser lógico y veraz                                      sin ver el ring.

***

      me dijo una vez el hombre sabio   haces un pozo y lo profundizas más y más, hasta que descubres que no puedes salir. Entonces te asustas y, para tratar de salir, en lugar de pedir a alguien que te dé una mano o que te arroje una cuerda, sigues escarbando hacia abajo.

***

Ella era una mujer bastante joven, con un defecto físico. Él era un hombre de apariencia normal. Iban tomados de la mano, o más bien parecía que él la llevaba de la mano a ella; guardaba cierta distancia, y era como si el brazo de ella en vez de brazo fuera una correa, y él la llevara atada a la correa. Él tenía la actitud de quien saca a pasear a un perro o, más exactamente, a un sapo.


Levrero, Mario. “22”, en Irrupciones. Criatura Editora. Buenos Aires, 2013.

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Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004). Uno de los autores más relevantes de la narrativa uruguaya contemporánea, su obra, todavía por descubrirse cabalmente, ha ganado un lugar de importancia también extrafronteras.

Trabajó como librero, guionista de cómics, humorista, creador de juegos de ingenio y crucigramas, además de ser autor de una amplia obra literaria que abarca el cuento, la novela y comprende incluso un Manual de parapsicología. En el año 2000 obtuvo una beca Guggenheim, que resultó en la publicación póstuma de su obra consagratoria, La novela luminosa (2005).

La abuela de Lady

Coincidimos al desayuno, entre el lavadero y la cocina, un día antes de las elecciones presidenciales. Cuatro de junio por la mañana.
Su pelo blanco y largo, al igual que su vestimenta, dejaban notar que hace muchos años el día comienza antes del amanecer.
En la mesa de la cocina se sentaba siempre cercana al mueble, de costado al fuego. En la mesa del comedor, prefería siempre la silla que le permitiera mirar por la ventana a través del visillo. Lady, la chola,  me contó la alegría de su abuela al recibir gente. Así deja las telenovelas, decía, mostrando su blanca dentadura en contraste con su piel canela. Gracias a la abuela, pude quedarme unos días en aquella casa.

Le pregunté a la abuela -llega un momento en la vida en donde el nombre deja paso a la impronta, a lo visible del cuerpo- si mañana iba a ir a votar. Sonríe. Lady repitió la pregunta y tras un suspiro con aire de confesión, sosteniendo el hilo de su voz, dice para qué, yo ya estoy muy vieja.
– Pero, abuela, su voto vale igual que el de su nieta.
Su mirada se va en el rayo de sol colado por el visillo y reflejado en la pared.
– Estoy muy vieja… y me canso.
– Pero, abuela, nosotros la llevamos y traemos, no hay problema.
– Es mucha molestia, un voto no cambia nada.
– ¿Acaso quiere que salga presidenta la hija de Fujimori?
– No.
– ¿Y para eso que hay que hacer?
– Votar por Ollanta.
El rostro de la abuela dejó el rayo de luz, miró nuestras tazas de café,
– Coman, se les enfría.
Terminado el desayuno nos despedimos y salimos a tomar mototaxi, medio de transporte al interior de Lambayeque.

Volvimos más temprano que de costumbre. Anochecía. La abuela terminaba de cenar y pronto se internaría en su habitación.
– Abuela, ¿lo pensó?
– ¿Qué cosa?
– Si quiere ir a votar o no.
Lady y yo a esas alturas, recurrimos a todo tipo de argumentos del porqué era válido y necesario salir de casa en dirección a las urnas. Le conté de mi abuelo que votó con más de noventa años, hablamos de ciudadanía, fiesta republicana, ser partícipe de algo colectivo, superar los discursos del yo no puedo, remover la vergüenza impuesta; mayor escollo y el más difícil de manejar: el ojo de aquellos que observan con repudio los lentos movimientos de la vejez.
– Depende de lo que pase esta noche, mañana vemos.

Las noticias comunicaban el tenso ambiente entre Keiko y Ollanta, más si el fuerte del voto naranjo siempre ha sido en el norte. Para las tres mujeres de la casa -nieta, tía y abuela- el recuerdo de Sendero Luminoso era latente. “Hoy van a cortar la luz y explosiones”, decía Lady. Así fue. Quería salir a mirar la noche a la azotea.
– Mejor otro día, gane quien gane igual la cortarán toda la semana.-Lady reía con la risa de las desgracias.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Noche antes de las elecciones. Corte de luz.

Me despertó un zamarreo y no sé si escuché la voz de Lady antes o después de despertar.
– Chelo, Chelo, lavántate, pues. No sabes: ¡mi abuela quiere ir a votar!
Lady brillaba desde el interior de sus iris. Su felicidad le daba una soltura al caminar y a la vez imprimía velocidad a los giros debido a la excitación del pedido.
Al bajar, la cocina era un desierto. La abuela, sentada frente a la puerta de entrada, esperaba. Su pelo era trenzado y caía brillante por su espalda, combinado a la perfección con el blanco crema de su chalina. Vestía de domingo, vestía de fiesta.
– Lady fue a buscar un mototaxi… el presidente ya votó.
La niebla aún no abandonaba la mañana, ni el sol asumía su lugar de mediodía. Todos dejábamos ver una felicidad sin palabras. Muchos años habían pasado desde la última vez que sufragó. La tía se quedó en casa, ella también iría a votar, pero a la vuelta.

Subimos al mototaxi, yo en la parte trasera. La cara de la abuela era otra, observaba al barrio con minuciosidad, disfrutando el frescor de la mañana. Entre lodo, tierra y asfalto, llegamos al colegio. La abuela caminó del brazo de Lady; alguien se acercó a ofrecer una silla de ruedas, pero la abuela se negó. Caminaron juntas. A cada paso la abuela se hacía más grande, convocaba miradas desde diverso ángulos.

Buscando la sala para votar

Buscando la sala para votar

Entraron a la sala, desaparecieron. Todo perdió sonido, porque desde mi lugar podía ver los minúsculos pasos de suelas arrastradas y dignas, que seguían siempre la dirección de la cadera y del hombro.

El acto de dignidad

El acto de dignidad

Salieron del aula y la abuela sonreía con su dedo pintado, con el atractivo de un niño luego de bajar por primera vez de una montaña rusa. La tensión del silencio guardado durante el viaje de ida se despejó como el cielo costero tras la bruma matinal.

– Hoy almorzamos arroz con pollo y ensalada. Hay que hacer el postre. ¿Se van a quedar a almorzar, verdad? Ésta calle sigue igual que siempre -decía la abuela.
– ¿Y por quién votó, abuela?
– El voto es secreto… ojalá gane, pero no creo…

Alegría de la salida

Alegría de la salida

Cinco de junio. Lambayeque, Perú, 2011.

(Buen viaje, abuela de Lady. Nos volveremos a ver)