Veraneo en la capital – Pedro Lemebel

 

Veraneo en la capital

Veraneo en la ciudad

VERANEO EN LA CAPITAL

(O la gota gorda del sudor capitalino)

 

 

Y si no se tienen las veinte lucas diarias que cobran los hoteles piojentos de las playas populares. Si ni siquiera se tiene un familiar en Peñaflor o Polpaico donde el choclón de gente zangoloteándose en el agua no deja ver el río. Si uno se debe quedar en esta ciudad que hierve a las cuatro de la tarde de calor pegajoso. Esta brasa de capital que por lo menos se despeja un poco en estos meses cuando una parte de sus habitantes sale de vacaciones. Y los otros, la otra mitad se tiene que conformar con el paseo dominguero al parque O’Higgins. El viejo parque Cousiño, que en estos meses, es el balneario urbano lleno de familias chapoteando en el barro de la laguna. Y qué importan los renacuajos que a la señora se le meten en el calzón. Qué importa la hediondez del agua podrida, si no hay otro lugar para refrescarse las patas negras de lodo y piñén. Si los parques de la ciudad nos pertenecen a todos, y el mejor uso que pueden tener, es cuando en verano los cabros chicos trasforman las fuentes de agua en piscinas populares. Y no sólo los niños las ocupan, porque los mayores, venciendo la timidez, haciéndose los lesos, también se remojan el poto en las elegantes piletas. Esos espejos de agua con esculturas clásicas y querubines piluchos, ahora cobran vida cuando el familión proleta veranea en el césped de la plaza. Esas esculturas tiesas alegran su inutilidad decorativa cuando los niños pobres se encaraman en sus brazos sin vida. Los hijos mocosos del Santiago estival se trepan en la finura barroca de las Venus aladas, y estas damas de mármol parece que volaran con el piño de chiquillos a cuesta. Pareciera que sus frías bocas sonríen con el cosquilleo revoltoso de los pirigüines niños, esa infancia torreja que expande su jolgorio en el frescor de los costados parques que verdean el árido Santiago, el calcinante Santiago, que por estos meses autoriza a la periferia barrial para que ocupe la alfombra verde de las plazas. Y aunque muchos miran con desprecio este playeo urbano que se toma la ciudad de guata al sol. Aunque alguna vieja pirula diga que cómo permiten a esa tribu pioja que convierte el relamido Forestal en una fonda cebolla. A pesar de estos remilgos, la bandada popular retoza sin vergüenza en el paseo público. Y es el calor el responsable de este desinhibido carnaval corporal que exhibe sus presas en la vitrina ciudadana. Igual es extraño el destape en esta sociedad pacata que oculta el cuerpo con su ropaje moral. Aun así, en alentador ser testigo de la alegre fiebre desparramada en el prado, de las celulitis y colgajos expuestos desfachatadamente al ojo paseante. Resulta hermoso observar esta toma de terreno donde el calor desnuda las cicatrices, los injertos, las cesáreas y todo el aporreado mapa corporal de una urbe acostumbrada al recato. Resulta oxigenante complicitarse con el chapuzón proleta en la Fuente Alemana, donde calzoncillos y trajes de baños desteñidos, alegran la rigidez del conjunto escultórico. Mientras tanto sigue el calor, y el sol es la brasa espumante que aletarga el veraneo sin mar del oleaje callampa y capitalino.

(Lemebel, Pedro. Zanjón de la Aguada. Editorial Planeta, Santiago de Chile, 2003.)

 

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