De la cultura de la basura

Domingo a las trece diecisiete de la tarde. He llegado a mi pieza habitación, esa que está en la casa de La florida en la cual he vivido. Más allá de las conjeturas técnicas, tengo que declarar la directa relación entre el nombre del blog (desocuparlapieza) y lo que ocurre cada vez que “vuelvo” (o cada vez que debo cambiar de lugar). Sí, porque volver no es sólo venir a ocupar, también es limpiar, acomodar, botar, leer, esconder, esconder, esconder, esconder, botar, hacer como si lo olvidado se siga recordando porque está en la pieza. Y así uno va construyendo una pieza que es un bar, una pieza que es un museo de tan poca importancia pero que aún así uno se empecina por conservarlo (igual creo que en esta especie de “monstruo” son varios los cómplices, partiendo por mi madre). Una pieza de una casa que es el reducto donde van a caer todas esas piezas que el paso de los años ha dejado sin darle la categoría de ‘cachureo’. Esa es la diferencia entre seguir dentro o fuera de la pieza.

Llego de Buenos Aires con una caja –pequeña en comparación con la del año pasado- de libros. Es poco lo que hay que acomodar. Es poco a lo que buscarle espacio. No esconder sino revisar lo que hay. A simple vista uno ve libros, libros, latas de bebida, fotocopias, máquina de escribir, un collar de cotillón, CD de cambio de siglo y podría seguir pero da lo mismo. Hay tanto “detalle” que ya es urgente hacer algo. Y dentro del hacer algo apareció como un rayo de luz la siguiente opción –obsesiva opción, maneras de hacer de la “basura material”, basura digital-. La caja de libros aún sigue cerrada, al lado de la caja del año pasado. En esa ocasión lo que hice fue sacar fotocopias y meterlas en la caja y los libros instalarlos en la repisa. Más bonito, obvio.

Un párrafo a modo de justificación. Desde navidad de 1995 colecciono latas de bebidas o cervezas. La primera creo que no la guardé yo sino mi hermana. Da igual. Y así fue como el viejito pascuero de Coca – Cola con su panza de azúcar y gas llegó a convertirse en una colección de más de 500 latas, que serán compradas por un chino en unos cuarenta añosIMG_8375. Luego vinieron otros productos, autitos, autos, camiones y cuanto trabajo manual encontraban un rincón. En una etapa adolescente, luego de latas vacías tenía que venir algo igual o más inútil de coleccionar: cajas de cigarrillos vacías. Todo empezó con visitar el museo de “El Teniente” en Rancagua, porque en el museo tenían los cartuchos de cigarrillos que consumían los mineros. Lindo detalle. Además que los diseños eran a caja completa, sin las imágenes de las campañas actuales. Nunca llegué a comprar una lata o cajetilla vacía. En más de una ocasión fueron regalos de cumpleaños (sic) y así, sumando y sumando, pegué las cajas vacías en la pared sin pensar en la cantidad de polvo y tiempo de limpieza que podía llevar (obvio, tarea de una o cero veces por año). A todo lo anterior le sumamos otro elemento: los libros. Gracias a las ferias de sábado o domingo conseguía libros cada fin de semana, quienes sumados a fotocopias de un proceso universitario ad portas de la digitalización y una infancia apoyada en recortes de revistas, Icaritos, láminas para completar, láminas para coleccionar, láminas para colorear, etcétera. Guardar, guardar, porque todo en algún momento sirve… a veces.

Sí, todo lo que se guarda en algún momento sirve. Sirve para ocupar espacio, polvo y quizás la creación de un microclima para algún conjunto familiar arácnido. Exagero, las arañas se portan muy bien, podría decir que en tres años he visto sólo una. Respetamos los espacios de cada uno y mientras ellas no sean visibles, ¿de qué araña hablamos?
Todo sirve. Sí, todo sirve. ¿Por qué todo tiene que servir? Llega un punto en donde todo sirve, porque a todo le puedes encontrar una justificación. Llega un punto en donde no es cariño por las cosas ni la propiedad privada lo que hace no botarlas, casí ni moverlas. Es como aquí yo sé que tengo un universo de estímulos inútiles. Universo que cada cierto tiempo recibe uno nuevo y la habitación se transforma en un rompecabezas en donde solo yo sé lo que se esconde en cada lugar. Además, sin intención de justificar, tengo un grado de admiración por los diseñadores. Qué lindo sería diseñar una lata de cerveza edición limitada, o una cajetilla de cigarros como las de antes.

Universo en orden

Universo en orden

O sea que el elemento guardado por “z” cantidad de tiempo, año, etc., así como los perritos que esconden huesos, “papas fritas” (galletas de cartílago para los no especialistas, suplemento infantil noventero que venía con La Tercera) o pedazos de chalas, ha sido encontrado por “casualidad” y ahora cumple otra función.

Por ahora, lo que más me hizo ruido fue un rollo de hojas de diario del año 2006. solo iba a escribir de esto pero todo está relacionado. Último año de colegio, mi abuelo vivo y si mal no recuerdo en casa se compraba el diario “La Tercera” los sábados porque venían las revistas de las grandes tiendas para “vitrinear” sin ir al mall, y de paso un suplemento que se autodenominaba “cultura”.
Mi abuelo, el Papalucho, junto con mi tío Rubén como gran cómplice, juntaban en el sótano de la casa de Quintero los diarios que se compraban: todos los días La Tercera, El Mercurio los domingos. Si aparecía La cuarta era porque el Jaime o el Queno lo llevaban.
2006. Año de movilización estudiantil, año de cuarto medio, almagro, metro, callejear, buscar libros, San Diego, Parque San Borja. 2006. El rollo de papeles cortados corresponde a ese año. Son variados y partamos por el más “no sé porqué lo guardé”: La Nación domingo, semana del 4 al 10 de junio de 2006.

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El único motivo para conservar aquel diario es aquellas dos páginas. Googleando me entero del fallecimiento de quien escribió aquel artículo, y estas páginas enrolladas se encuentran en digital. ¿Qué hacer? ¿Botar porque están digitalizadas? ¿Quién en la actualidad guarda hojas de diario?

Los diarios se acumulaban en el sótano, y en invierno la humedad se colaba por las paredes. A veces se inundó, a veces salieron hongos, a veces mojaban los diarios. Los diarios. Los diarios se apilaban ordenados en orden cronológico desde el día 1, amarrados con pitilla como se amarran las bandejas de huevos. Así. Ahí había un camarote, una cama y espacio ocupado por materiales desusados. Era posible reconocer cuatro conjuntos: Revistas “En viaje” (salía los domingo con el mercurio y era el modo de viajar a otros lugares y culturas. El ají de gallina es uno de los platos que recuerdo haber visto sólo por fotos), Las terceras, los mercurios, el resto de diarios sueltos y las revistas de papel brillante. Sí, es probable que sean más de cuatro grupos.

Los recortes. No sé porqué están, quizás de puro snobismo. Puede que los haya recortado entre el 2006 y 2009, cuando aún mi abuelo vivía y ya era hora de ir desocupando aquella inútil biblioteca privada. Sobre todo inútil cuando la digitalización empezó a ser más masiva. Cuando encontrar una noticia de otros años es posible ya no sólo en la hemeroteca.

Recuerdo: Los cuadernos del Loto. Mi abuelo jugaba al Loto todos los sorteos, más de una cartilla, una buena cantidad de dinero. Ganaba, pero eso era algo que no importaba. Lo que sabía era que íbamos a hacer el loto y el raspe de 100 pesos una pastilla de promesas. Cuando el computador llego a la familia, junto con solitario spider e internet explorer, descubrir que los datos archivados durante varios años estaban disponibles en la web es un cambio de paradigma sobre el valor y razón de las acciones que se realizan y las “cosas” asociadas a ella. Ahora yo, ¿qué saco con seguir conservando recortes de diarios cuando pueden digitalizarse? En realidad, aún falta mucho por desocupar en la pieza.

La Nación domingo, entrevista a niñas de 14. Camila Saavedra Solís y Sofía Stutzin Vallejos. Camila del Liceo 1, Sofía del Southern Cross School. Mismas preguntas, fotos de ellas riendo, serias, ella con Jumper, ella con falda. Para el 2006 ubicar a Camila y Sofía por internet era cosas del Messenger y del fotolog en decadencia. Hoy, con solo poner el nombre en google se sabe mucho de una persona.

Y como esas hojas se van a la basura, aquí el periodismo en los albores de la “revolución pinguina”

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Aún queda mucho por intervenir de lo posible de encontrar en la pieza. De lo posible de lo que botar y de lo que no. Por ejemplo: ¿cuál era mi intensión al guardar las columnas de Paz Soldán en La Tercera? Igual me gusta porque de algún modo viene a ser aquel lugar de la prensa escrita aquel que me acercó a los contemporáneos.

Hasta aquí no más será.
Próxima entrada: “Mi relación con Jaime Bayly y de cómo conocí a Roberto Bolaño”

 

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Un pensamiento en “De la cultura de la basura

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