Carta a Melisa

Melisa

Hay en este lugar mucho para dar 
no te puedo mentir

Cuchillos  – Charly García

 

Hoy es domingo y por fin me he dado el tiempo para escribirte. Hace tiempo que no lo hago, más de veinticinco años. Un cuarto de siglo para mandar esta carta. Confieso que busqué, como sabes, apoyarme en otros textos, otras voces para acercarme. Volví a leer Un cuarto propio, de Virginia. Llegué hasta la tercera parte y se me fue la tarde de sábado. Luego pensé en el tema del ambiente y la noche, permite a la escritura transmitir lo oscuro del día. Sabes que soy pájaro nocturno y cuando anoche me senté tipo tres am a escribirte, sentí que no era necesario en ese contexto de cortinas de metal abajo, silencio reinante y tres botellas de cervezas vacías (no las tomé solo, ojo). Hoy el escenario ha cambiado, desperté cerca de las catorce y en vez de desayunar, almorcé. Un domingo por la tarde brinda otro escenario. La luz gris, helada del invierno en Buenos Aires es otra cosa. Así que acomodé las sillas (tengo tres) y la mesa de mimbre frente al ventanal que da al patio. Un patio con algunos maceteros y cerámicas color ladrillo que en sus rincones dejan apreciar las manchas del agua estancada. Algo del cielo se ve y hoy no hay ruidos de vuvucelas mundialistas. Un domingo lánguido, una costra del cansancio semanal (al menos a mí no me importa si hay feriados, ni el domingo es el día para reponer pilas para empezar la semana. No distingo muy bien cuando empieza una semana u otra, y muchas veces olvido el número del día en que nos encontramos). Ya lavé la loza, por tanto tengo gran parte del día –o luz grisácea– y probablemente termine de escribirte cuando empiece a caer la noche (cosa que dudo porque me demoro un siglo en escribir. No sé si a ti te pasa, pero cuando me siento a “escribir” se me van las horas como agua, no porque haya escrito un montón, sino porque simplemente me demoro, hago pausas, pongo a calentar agua, reviso el face, voy al baño, etc.). Como ahora es una ocasión especial, esperada por veinticinco años, la mesa y yo estamos en una ubicación única y los elementos sobre el vidrio de la mesa así lo dejan ver. Me gusta la disposición de los objetos, azarosa, de algún modo ellos hablan de uno y como si fuesen un arcoíris empezaré por presentarlos de izquierda a derecha en el universo circular de la plataforma transparente en la cual nos encontramos (¿la carta no será también una “plataforma transparente?). Por el flanco izquierdo, el infaltable termo morado con agua caliente; al lado el encendedor Bic naranja, seguido a su costado por un lápiz mina –o grafito– con poca punta y la parte trasera toda chamusqueada  porque desde niño me como los lápices (los de plástico también). El viejo y único notebook Compac apagado, me acompaña hace ya seis años. Lo cuido como se cuidan las mascotas viejas y chotas. Ya no tiene batería y está mudo, por eso conectada a ella y tras la pantalla se encuentran sus parlantes, además la sostengo con un libro para que no se caliente y ahora está apagada porque el ventilador chirrea –suena–, dando al ambiente un constante sonido al que estoy más que acostumbrado. Así son los viejos. Igual está abierta, y sobre el teclado voy dejando las hojas escritas (ya hay una). Hacia el centro de la mesa el otro termo, el verde, quizás con agua de ayer. Al fondo el libro de Virginia Woolf. Lo veo a medias porque sobre él se encuentra un estuche que Patricia –la dueña de casa– me prestó porque le pedí si tenía lápices bellos, bonitos, para escribir esta carta. Soy zurdo y ninguno me sirve porque al escribir arrastro la mano por la hoja. Una mierda. Intenté ser más original, pero no, sigamos con la rudimentaria fiel lapicera Bic. Más al centro una tapa de cerveza dada vuelta. En el corazón de la mesa (metáfora céntrica, como si el corazón siempre estuviese al centro,  y muchas veces no es así) las llaves doradas de la casa (digo casa porque en Santiago siempre he vivido en casa, no me acostumbro a decir departamento o depto), más la llave negra del candado “kriptonite” para la bicicleta. Pensar que por no usar ese candado en Chile, con mi bicicleta mountain bike Trek, con la que subía a la cordillera cada vez que podía (ojalá algún día conozcas el Cajón del Maipo, un lugar que se adentra en la cordillera gracias a la cuenca que abre el río Maipo), me la robaron en el estacionamiento del supermercado. Por querer comprar leche y café para la once (la hora del té o de la merienda en Chile. Dicen que once proviene de la colonia, era una clave para no decir “aguardiente”, por las once letras que tiene la palabra). Un robo por ausencia. Una mierda. Él entró al supermercado y cuando volvió ya no estaba ahí. Hasta el día de hoy la busco, cada vez que veo alguna parecida a la Jade (sólo tres cosas mías tienen nombre: Jade, la robada; Helena, la bici plegable que tengo acá; y Sofía, la cafetera italiana comprada en un persa y que me acompaña en todos los viajes hace cuatro años. Mirá vos, justo la robada fue la piedra preciosa). Por el centro y hacia la hoja en que escribo, un ‘timer’ o contador de minutos. Es pequeño y práctico, con él regulo algunas actividades, como los veinte minutos de saltar la cuerda, los cuarenta y cinco minutos de lectura sin interrupciones, las lecturas en voz alta (ah, sí, todos los textos teatrales los leo en voz alta. Leo como mínimo una obra diaria. Los que viven conmigo dicen que tengo voz radial. No les creo) o cuando debatimos temas con amigos, ponemos cierta cantidad de minutos por tema, algo muy práctico desde la urgencia, pero para una amiga argentina es como si la obligaran a pensar con una pistola en la cabeza. A mí me gusta, la urgencia ante un final me excita. Ahora está apagado, porque una carta no es un correo electrónico, y hoy doy hasta que no sé, además dije el factor luz gris que quizás también me lo pase por el culo. Al lado del timer, la libreta negra, esa de los apuntes que a veces ocupo en clases. Es chistoso, porque el año pasado la compré luego de buscar y buscar hasta hallarla en una librería artística. Es una libreta con hojas para dibujo y todavía no la completo. El año pasado escribí mucho más en computador y no llevé memorias de los procesos de escritura.  Word y sus kilobytes devalúan tanto el “peso” de un archivo, mientras que las hojas dan a la escritura la noción de “objeto”. Además me da la impresión que por ser negra es una especie de ‘caja negra’ de viajes. Ahora que te digo esto, la tomé y revisé lo escrito. Compartiré contigo lo escrito el 31.03.14, cuando pasé a Valparaíso días antes de viajar a Buenos Aires:

                “Hay muchos paisajes por los cuales uno recorrería horas para encontrarlos. Otros, se van quedando en el recuerdo de algún lugar en la memoria, no como fotografías, estáticos y correctos, bien iluminados. Algunos son encuentros, no con el paisaje, sino un paseo por lo que alguna vez fuimos. O bien, lo apreciado por la mirada es conducido por sentidos oscuros, faltas de luz llenos de sonidos. Como al atravesar un túnel. En ocasiones ni el sonido ni lo visto pueden inquietar al sujeto espectador, por ahí algún olor, salino, podrido, húmedo, albergue la cualidad de unir al espectador, al fisgón de turno. Hoy por hoy los sentidos juegan a escabullirse uno sobre otro, igual a lobos marinos peleando un poco de piedra, plataforma solar al empezar la jornada. Lo digo así, porque lo que veo es una evocación, desde la distancia de las rocas a la orilla del mar desde donde se aprecian los cerros encumbrados, llenos de casas esparcidas por el viento hacia las alturas. Desde aquí se escucha el motor de los barcos, de lanchas lentas, el rumor del mar, un pato buzo, un mar de lanchas lentas. El rumor del océano, la mañana de gaviotas cercadas de pelícanos. A veces un tren, los cascos de un perro en la gravilla o el rose de un buzo térmico intentando mantener el paso del trote por la costanera”

Sobre la libreta la tablet reproduciendo desde grooveshark Blur y antes Nano Stern. Es bueno este tipo. Estudió en la universidad y luego se fue por el mundo componiendo música, desaprendiendo lo aprendido durante cuatro años. Creo que lo ha conseguido. Yo paso por un proceso similar, experimentando con los textos y las distancias. Tengo la convicción que antes de los treinta lograré hacerme cargo de los transitares. Frente a la hoja en que escribo, su majestad el mate. Es de plata con una base con motivos marinos y dice Mar del Plata. No es mío, estaba de adorno acá en la casa y me dijeron “para qué vas a comprar uno, ocupálo” y en esa estoy. No conozco Mar del Plata y menos el Atlántico. No me dan ganas de salir de Buenos Aires, por momentos me siento atrapado en sus calles y edificios, pero a la vez el ser anónimo en una gran ciudad da el desparpajo de disfrutar caminar solo. Lo hablábamos la otra vez con Amanda, una amiga chilena con quien estoy trabajando en su proyecto de graduación de dirección teatral, caíamos en razón que acá en Buenos Aires uno camina solo y lo disfruta; en cambio, al caminar por Santiago nunca aparecía esa tranquilidad. Es muy raro de explicar porque es algo que sólo se siente. Quizás porque en Santiago sabemos a quién poder toparse, quién vive más cerca, y es la ciudad que con los años sigue hablando por uno, de uno. Siempre hay un recuerdo relacionado. Acá no, acá todo es pasajero y ominoso –sentido homenaje a Natalia–, las relaciones de amistad han sido en su mayoría con extranjeros, coronando el compartir el estar de paso y a la vez consumirse a concho. Al lado del estuche la tapa del termo morado con  una usada bolsa de manzanilla, cumple la función de proseguir tomando líquido tras la cena. Más a la orilla una boleta, es la de la farmacia, por una crema en base a vitamina A que tuve que comprarme. Disfruto cocinar y no me queda mal, eh. Esta semana tuve mi primer accidente culinario gracias a la gata Camila (dieciocho años, una esfinge escuálida) que se paró atrás mío y por evitar pisarla moví el sartén y saltó caliente hasta mi mano el aceite. Menos mal tenía aloe vera en casa y pude, luego de meter la mano en el agua corriendo, evitar las ampollas grado dos. Ahora queda una mancha que ojalá el sol añejo de junio no deje marcas en la piel. Como toda herida, como todo suceso, sé que seguirá la mancha para siempre. La memoria mantiene la lección tras el accidente y la recuperación. ¿Cuántas cosas quedan marcadas en la piel? ¿Y de qué piel hablo? Una piel hecha de recuerdos, una manoseada, como una caída en bicicleta en la niñez, como la primera sensación de ahogo en el mar. Quizás pierda la vista y seguiré viendo la mancha en mi mano. Te confieso que es probable que pierda progresivamente la vista hasta la ceguera. Si llego a los setenta, llegaré ciego, pero a los sesenta ya me habré suicidado. Muy romántico todo, pero es así. ¿Para qué evitar esa sensación? Una vez leí que muchos pintores, como Da Vinci, pintaban de tal manera por una deformación ocular. Creo que no era Da Vinci, sino Van Gogh. ¿Por qué privarse de tal progresión? Y así tantas otras, como el manco Cervantes desde la cárcel, ¿acaso no seguía ahí el dedo ausente? Más acá y equidistante al notebook, la otra libreta, la amarilla, y sobre ella hojas de oficio del ejercicio con Lautaro Vilo y el hotel, hojas en las cuales escribo el borrador (esto no debería ir en la carta oficial, porque si esto va, ¿cuál sería la carta oficial?). Ah, no, es el primer ejercicio, ese de las letras para nombrar personajes. No creo que las ocupe, basta con las sueltas. Sobre las hojas la inocente cajetilla de cigarrillos, Parisiennes común. Desde el año pasado me acostumbré al tabaco negro y no creo que daré el salto a la bolsa de tabaco porque ya muchos rituales son preparar el mate, las galletitas cercanas (Terepín Soft con relleno sabor limón mis preferidas) y la preparación del café por la mañana (¿te conté que lo estoy dejando porque la inflación ha subido demasiado el precio de los café molidos sin azúcar (comentario burgués)? Es una mierda ponerle azúcar al café, al mate, al té, hace que pierda su sabor “natural” y es una mimosidad infantil que, comprendo, cueste dejarla). Cuando viajé por primera vez a Argentina, en agosto del dos mil diez, por un congreso del Celcit (viajé muchos a congresos estando en la universidad, principalmente porque conseguía por aquí y por allá financiamientos, además de la motivación de escribir para viajar), comencé fumando Gittane. En Chile no hay cigarrillos más fuertes que Camel o Marlboro, y ahora cuando viajo a Chile me llevo fácil unas veinte cajetillas. Y pensar que el primer cigarro fue un Belmont light en tercero medio (dieciséis años), porque un amigo me pasó una cajetilla porque él quería dejarlo. Recuerdo que lo fumé caminado, en la mañana camino desde mi casa al metro (subte) para ir al colegio. Eran como las siete am. y hacía un frío de mierda. Me saqué una caja de fósforos de la cocina y lo prendí a unas tres cuadras del hogar familiar. No me gustó. Soy porfiado, y si algo no me gusta sigo probando hasta que me guste (o no), un testarudo empedernido. Con los libros pasa lo mismo. Como si siempre hay una experiencia que se pierde si uno se limita a lo conocido o a dejar algo a medio camino. Algún día esta postura jugará en contra. No hubo nadie que me influenció a fumar, a leer o escribir. Todo conducido por la inquietud, por ser busquilla. Es atractivo tener esta disposición a lo nuevo, a los cambios, al movimiento constante. Por último, tenemos a su alfil el cenicero, una gracia de cenicero porque estaba acá en la casa (y deliberadamente lo apropio y sabiendo que no es mío lo hago parte de mí). Las cosas son de quien las ocupa. Es un cenicero de estos con pituto que guarda las colillas, fáciles de encontrar en algún local de Once. Por fuera es decorado por dos billetes de cien dólares, y da el aire pop a los “artefactos” distribuidos sobre la mesa.

Este ha sido el reporte climático de la escritura. Hace un rato ya es de noche. De algún modo u otro se ha colado la lectura de la Woolf en esta misiva, porque una de las importancias de estar en Buenos Aires es la posibilidad de construir ‘un cuarto propio’, un universo en movimiento, buscando lograr encontrarme en muchos lugares u objetos repartidos por este pieza, cumpliendo una función totémica cada objeto con el cual convivo, transmitiéndolos a ellos y ellos a mí. Cada objeto es en sí una mamushka de relatos. Desde mucho tiempo la escritura es mi lugar para compartirme, y pocas veces comparto lo que escribo. Espero pronto dejar de lado esa abyección. Ahora, cuando iba contándote lo que había (y siguen en sus posiciones, visualizando al escribiente) sabía que lo complicado ahora era terminar la carta. Tal vez tendría que haber ocupado el timer y así no estar hasta la hora del ñafle escribiendo, escribiendo, escribiendo, como si fuera un relato eterno de algunos episodios de los veinticinco años en los que pude escribirte y no lo hice. Quizás también esto que te digo de no saber soltar lo escrito (algo contradictorio con el desprendimiento de los últimos años). Espero que dentro de tus ocupaciones exista un tiempo para que leas esta letra guaranga de la que no siento orgullo. Mis disculpas. Espero, también, que disfrutes tanto como yo la libertad dentro del cuarto-pieza-.habitación permanente, de la que cuesta salir pero lo hago. Espero, además, volver a saber de ti, más allá de la expresión corporal cotidiana del aula y, ojalá, dentro de los próximos veinticinco años, logres dar con algún domicilio donde hacerme llegar un pedazo de papel garabateado con paisajes escritos de tu vida.

La mano se ha cansado, el cayo donde apoyo, el dedo pide descanzar. La hoja se acaba. Cometo un error ortográfico. Se termina un viaje que empecé a las 15:10 del 22 de junio. Acabo de pasar en limpio a las 5:17 am. del 23 de Junio. 

Estación final, todos los pasajeros deben descender.

Un beso. 

M.S.

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