Conversaciones visuales, ¿viste?

Conversaciones visuales, ¿viste?

Marcelo Soto Opazo

marcelosotoopazo@gmail.com

“¿Viste que a Evita la mataron? Les convenía que estuviese muerta, viste. Cómo no la iban a matar si los yanquis tenían la más avanzada tecnología, viste. Por que vos sabés que todos son lo mismo, viste. Perón era uno más de los enviados a Latinoamérica para controlar a la población, viste. Viste que Perón, Fidel, Allende; todos son enviados del Vaticano, viste. ¡Enviados del vaticano! ¡Cómo no! Si están en todos lados, viste. Viste que así controlan todo el mundo: unos enfrentados a otros, pero bueno, son lo mismo, viste. ¿Viste lo que es el poder del Vaticano? ¿Viste? Menen no, no; Menen era un turro, un aparecido a quien nadie daba bola, viste. ¡¿Viste lo que eran esas patillas?! Bueno, y por eso la crisis del 2000; una venganza, viste. Pero, bueno; qué le vamos a hacer…”

Recordando las primeras conversaciones en Buenos Aires, allá por el mes marzo, cuando aún no me incorporaba a las dinámicas discursivas del contexto en el que decidí involucrarme, aparecen las conversaciones con Naki, compañero de vivienda de mi amigo Moisés, quien intentado ser ameno realizaba una imitación de los chilenos muy alejada de lo que para mí podría ser una imitación del chileno. Si bien se esforzaba por colocar la tonalidad cantaíta, cometía un error garrafal: no podía sacar el “viste” de sus frases. Falta aún más notoria cuando la mezclaba con cachay. Luego, cuando me cambié al lugar donde actualmente resido, Paulo, con quien comparto departamento –único porteño de la casa–, en cada conversación recurre al “viste” para iniciar o cerrar una frase.

Un día, decidí contestar a un “¿viste?” con “no, no he visto”. En ese instante una ballena jorobada pasó entre nosotros y cortó el hilo jakobsoniano de la información. Luego de reponerse a tal brisa marina, tras un mutis en el rostro reclama: “¿cómo no?” y siguió contando como si nada hubiese pasado. En ese instante, me percaté de que la conversación no existía; era sólo un discurso en exposición. Una desolada sensación de que nunca deseó saber sobre mi punto de vista, mi mirada. Para él, o mejor dicho, con la utilización del “viste” daba por hecho que yo había presenciado lo mismo que él, que había estado en escena en esa anécdota desde un lugar velado, entre muchos. A fin de cuentas, todo lo que podría partir o terminar en un “viste” era un relato que yo tenía que conocer, porque si no era un pelotudo, un perejil, un salamín. Ahora contesto con “no, igual yo creo que…”, pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Sin embargo, si nos centramos en la potencia del “viste”, ésta transforma a los receptores en más que meros receptores; transforma al receptor en un testigo. La categoría de testigo apela directamente a un sujeto que aprecia lo que ocurre, encadenado en una obligación imposible de negar: el deber al testimonio. Deber acorde a la distancia que subyace a la posición ocupada, extraño a aquello que testimonia. A la frase anterior inmediatamente hay que sumarle un par de preguntas: ¿sólo es posible testimoniar algo que sucede mientras lo vemos/escuchamos suceder? Y en el instante de verlo/escuchar ¿no nos hará partícipes, cómplices del suceder mismo? Si tomamos al testigo, o sea, al receptor, desde estas preguntas, el testigo no es sólo quien escucha/observa, sino que también es aquel que es mirado, está siendo observado.

En este sentido, viste opera en el habla trasladando el fenómeno del habla hacia el fenómeno de la visión, de las imágenes, de las miradas. Franco Rella, a partir de la desnudez humana en la obra de Marcel Proust, recuerda el instante cuando el amado nieto ve a la abuela moribunda y la voz del relato cambia ante el encuentro con esa imagen extraña. Muchos de los que escuchen/lean este texto, verán aparecer ahora ante ustedes la imagen –el rostro– de un ser amado a punto de morir o ya muerto. Ese instante, Proust lo percibe aflorando la emergencia del cambio desde un “amado nieto” hacia “una mirada”:

“Vi sobre el canapé, bajo la luz roja, pesada y vulgar, perdida en quien sabe qué fantasías, los ojos un poco locos vagando más allá de las páginas de un libro, a una vieja mujer postrada que no conocía”  

Tal vez el testigo es una mirada doble: una mirada que mira el suceder y una mirada que se mira mirar. Por tanto, al oír viste en una conversación, conlleva la necesidad de aquel interpelado por hacerse partícipe en el discurso del que está siendo testigo, a tal punto que de no cumplir este principio los puntos de referencia se arenicen, diluyendo las ondas sonoras hacia un estado no comunicativo en que los gestos resistirán por no evidenciar la distancia acaecida.

Con el tiempo, yo he sabido hacerme partícipe de los viste del habla porteño, asumiendo la condición de testigo en aquello que están contando, no desde un “sí, estoy de acuerdo con lo que dices”, sino como un cómplice de aquellas historias, como cómplice y responsable de un suceso.

De algún modo quienes hacen uso del viste buscan dejar de ser los únicos testigos; llevan oscuramente el sentido de una culpa, la de buscar una mirada para huir de la angustia; de los fantasmas, vientos, calles y sombras en las que los animales urbanos sobreviven, levantando de vez en cuando, el polvo infinito de las casas viejas.

Bibliografía

Rella, Franco. Desde el exilio, la creación artística como testimonioEdiciones La cebra, Buenos Aires, 2010.

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